La mayoría invisible

 

En la antigüedad el ocio era un privilegio de las élites. El trabajo manual quedaba reservado a esclavos y clases bajas. Los esclavos en particular, eran considerados bestias sin lenguaje que, en el mejor de los casos, podían alcanzar la categoría de un animal doméstico: estatus que  garantizaba mejor trato pero nunca el acceso a bienes y placeres reservados para la clase acomodada. Ese celo por reservar privilegios para unos pocos aún persiste hoy. 

El carácter punitivo del trabajo se confirma en su etimología: del latín tripalium: instrumento que se utilizaba para inmovilizar animales o para castigar o torturar personas.

En sus inicios el trabajo asalariado como única posibilidad de supervivencia fue rechazada. Mecanismos legales de coerción laboral como la "ley de vagos y mal entretenidos" y la Ley de Conchabo en Argentina, castigaban con prisión y el envío a la frontera a matar indios. En EEUU muchos afroamericanos arrestados por delitos menores o por leyes especiales (Black Codes) que criminalizaban conductas como la vagancia o el desempleo, eran encarcelados y luego alquilados a empresas privadas para cualquier tipo de trabajo duro y de elevada mortalidad. 

Las clases privilegiadas procuraron mantenerse alejadas del trabajo manual, si bien el adoctrinamiento cristiano, sin variar modos ni utilidad, dejó de tratarlo como una indignidad o un castigo reservado a seres inferiores. Para Tomás de Aquino el trabajo para sostener a la familia y contribuir al bien común era considerado por Dios una acción virtuosa. Esa resignificación sirvió para justificar las desigualdades y penurias laborales como parte del orden natural. La pobreza o las duras condiciones de vida no podían ser causa de la arbitrariedad humana porque respondían a un orden mayor decidido por Dios.

Posteriormente religiones como el calvinismo, inculcaron que una vida ordenada, disciplinada y económicamente exitosa era indicio de predestinación divina. El mérito individual destacado por el liberalismo, la puntualidad, la disciplina y la aplicación se volvieron imprescindibles para calificar una persona de bien. Valores que replicaron la escuela, el ejército y la familia al sentido común.

El marxismo clásico cuestionó que el trabajo fuera inevitablemente penoso. Su forma era histórica y podía cambiar.  Era un lumpen proletario quien se ubicaba al margen de la producción industrial estable, en la cual los obreros ocuparían el lugar del sujeto revolucionario.

Durante los siglos XIX y XX, muchos Estados promovieron la "cultura del trabajo" asociada al progreso nacional. En Argentina, los trabajadores agrupados en sindicatos constituyeron en 1945 la fuerza principal del peronismo gobernante, que vinculó el trabajo asalariado bien remunerado con la dignidad y la justicia social.

En épocas recientes las ideas del progresismo socialdemócrata agregaron al concepto de trabajo la posibilidad de protagonismo individual, realización personal y prestigio social. 

El asalariado por más voluntarismo que profese, tiene sus logros atados al éxito de la empresa para la que trabaja. Cumple un horario y, sea que lo exploten o que la pase aliviado, la venta de su tiempo determina el resultado (el dinero). Lo ampara la garantía de un empleo seguro (si aún los hay), pero no tiene dominio alguno sobre la riqueza que genera.

El cuentapropista aplica su tiempo y no tiene por ello un resultado determinado o medianamente seguro, sino posible. Sus horarios son algo más flexibles al no estar totalmente determinados por un empleador; produce con dominio sobre los bienes que genera y el resultado (dinero) depende de su aplicación y de su suerte.

Hoy el cuantapropismo sobrevive y crece a pesar del dumping y de la concentración económica. A juzgar por las estadísticas es indudable que por decisión o propia o posibilidad real, las nuevas generaciones valoran disponer a voluntad de su tiempo y de su movimiento, más que la seguridad de un empleo seguro.

Sin embargo, las ventajas y desventajas de uno y otro caso son discutibles. Lo que no es dudoso es que el asalariado es fundamental para el capitalismo de producción. SI bien muchas veces el patrón se declara "dador" de dignidad y bienestar por dar empleo, el asalariado es fundamental para su supervivencia. Es su cuerpo, al menos hasta que la innovación tecnológica le permita reemplazarlo por completo.

Muchas pequeñas fábricas o talleres actuales pueden ser considerados parte del cuantapropismo. Cooperativas o SRL que se manejan casi en familia, con vocación, permanencia y objetivos compartidos, son indicio de que hay vida fuera del capitalismo.

Fastidia la monocromía que en general se le atribuye al trabajo. No todos somos o fuimos empleados. En Argentina solo la mitad del plantel de trabajadores activos lo es. El funcionario que mira con los lentes de lo importante del pensamiento hegemónico no los ve, y al no verlos los excluye. Tuvo que venir una pandemia para visibilizar que en Argentina no había dos o tres millones de cuentapropistas como se suponía, sino que sumaban un número equivalente o mayor al de los asalariados.

Este sector mayoritario está políticamente invisibilizado. No está reconocida su importancia ni está en condiciones de consideración y negociación. No tiene una representación política que vigorice necesidades e inquietudes, no tiene un equivalente a lo que fuera Perón para los asalariados. Tampoco las fuerza dormidas en el peronismo residual parecen lo suficientemente abiertas y flexibles como para cambiar de sujeto histórico y consecuentemente de lenguaje.

El punto ciego en tantos discursos muestra la falta de contacto de los dirigentes con el mundo real y la consecuente falta de creatividad. La retórica esperanzadora no es suficiente. Casi nadie representa a esa muchedumbre desarticulada y silenciosa que, harta de ninguneo, descarrila la política cuando todo parece seguir como siempre.

Tal vez sea el aviso de que los fracasos van a seguir viniendo si se continúa sin ver, si no se cubren los espacios vacíos de las nuevas necesidades sociales.


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