El mito argentino

 

Los mitos son relatos de acontecimientos extraordinarios protagonizados por dioses, héroes o antepasados que explican, justifican y engrandecen la propia identidad. Una síntesis que expone  los deseos de una comunidad. Seguramente los impulsados por su grupo dominante. No necesitan parecer un relato fantástico, para serlo. La historia puede reemplazar la voluntad de Dios, la educación reemplazar a la evangelización y el progreso a la salvación. La geopolítica actual no podría entenderse sin considerar la construcción mítica vertebrando los hechos.

Existen mitos que alimentan una política externa expansionista El "pueblo elegido" judío establece superioridad frente a los "goyim" y la posesión de sus tierras. El Destino Manifiesto en EEUU fue el derecho divino a expandirse "de mar a mar", justificando el genocidio indígena. Posteriormente la anexión de medio territorio mexicano y el actual expansionismo ultramarino. En Japón, la descendencia divina del emperador posicionó a la nación como "hermano mayor" destinada a liderar Asia. El nazismo construyó el mito de superioridad racial aria, con el Lebensraum como derecho a expandirse sobre pueblos considerados inferiores (eslavos, judíos).

Los mitos internos jerarquizan hacia dentro de la propia sociedad: en India, las castas surgen del cuerpo de un ser cósmico primordial; en los mayas, gobernantes y nobleza descienden de los dioses (Popol Vuh); en China, el Mandato del Cielo legitima al emperador y permite justificar su derrocamiento si gobierna mal.

En Argentina, el mito más representativo lo expone el Facundo (1845) escrito por Sarmiento. Su relato establece un orden jerárquico en nuestra diversidad. La civilización —lo refinado, lo culto, lo europeo— implica superioridad, aquello que debemos ser. La barbarie —el atraso, lo bestial, la población originaria, la inferioridad, aquello que se debe circunscribir o eliminar.

La dicotomía formula una pregunta retórica: ¿a qué mundo pertenecemos?, ¿a Europa la civilización?, o a América la barbarie? La pregunta ya tiene una respuesta lógica por contexto que determina ganadores y perdedores. Es para que no queden dudas: “somos latinoamericanos, pero somos distintos de los demás latinoamericanos. Somos la Europa de América”

Desde la construcción del Estado nacional, la elite dominante promovió la europeización y el poder hegemónico de la elite blanca internacional. Los que no encajan deben quedar invisibilizados ante los propios ojos o escondidos de la percepción de los extranjeros respecto del “verdadero argentino”. “Los argentinos descendemos de los barcos”.

Hoy la excepcionalidad argentina es una creencia transversal y profunda. “Somos talentosos, ingeniosos, tenemos grandes artistas, grandes científicos, grandes deportistas, grandes escritores, grandes músicos, el primer papa latinoamericano…” Tenemos las condiciones, pero aún no podemos concretar una gran nación”. Alguien tiene la culpa…

El “enemigo” responde sintética y emocionalmente a la pregunta: ¿Quién nos hace esto? Transforma una situación compleja en una imágen comprensible: un grupo social, una minoría, una ideología. En todos los casos una barbarie que persiste aún con las caracterizaciones de la época a la que corresponda.

“Para Sarmiento, la barbarie era la llanura de las tribus aborígenes y del gaucho; la civilización (eran) las ciudades. (Hoy) el gaucho ha sido reemplazado por colonos y obreros; (ahora) la barbarie no sólo está en el campo sino en la plebe de las grandes ciudades y el demagogo cumple la función del antiguo caudillo, que era también un demagogo. La disyuntiva no ha cambiado” (Borges, Prólogo a Facundo)

Para una población cuyo cuerpo ha perdido las defensas por circunstancias reales o bombardeo mediático, el enemigo es el propio pueblo que desperdicia oportunidades. “Esto no tiene arreglo, se hace todo mal y por eso tenemos el país que tenemos”. “Si hubiéramos hecho las cosas bien, seríamos como Australia, Canadá o Europa”. Finalmente: “necesitamos una mano dura que arregle este país”.

En ocasiones la construcción del enemigo se acompaña con el falseado recuerdo de una etapa gloriosa. Así el pasado —lejos de impulsarnos al futuro— se convierte en una imagen moral que nos reprocha el presente. “Antes se respetaba la autoridad, éramos un país rico, había educación, había valores.”

Sarmiento pone la pluma al sueño húmedo de una elite y una forma de ser sin ser, que luego la historia replicará en los dichos de cualquier vecino que quiere elevarse 
sobre los demás. 

Construye una pregunta retórica para la que ya viene con respuesta: Argentina será verdaderamente Argentina cuando deje atrás la barbarie y se incorpore a la civilización. Por eso Facundo es mucho más que historia o sociología, es un catálogo de berretines (en lunfardo, pretensiones, aspiraciones vanas).

Ser del primer mundo, ser como ellos, parte de ellos. Codearse con sus monedas, sus autos último modelo y lugares de ensueño. Una búsqueda altamente difundida e internalizada por una enorme clase media que ha podido edificar su estatus —paradójicamente— cuando las políticas estatales se construían en función de un país concreto y no de un espejismo.

Sin embargo, cada planteo político que lo aliente tendrá un ascendiente racionalmente inexplicable. Nuestros rostros han cambiado, pero continúa la idea de una Argentina para pocos. Una Argentina moderna y civilizada que debe vencer a la irracional y bárbara. Una Argentina en la que muchos no harán el mérito suficiente para estar incluidos (y eso dará más lugar para los que ya están). 

Los “civilizados” nunca han dirigido sus políticas de forma inclusiva. Nunca han representado el “todos o ninguno”. En la historia de las reducciones creadas por órdenes religiosas durante la colonización no se cumple el: todos somos hijos de Dios”. Existe abundante evidencia de mortalidad indígena masiva. No hay pruebas de que fuera un “exterminio” declarado. Algunos historiadores prefieren adjudicar la autoría a una combinación “fortuita” de epidemias, hambre, hacinamiento, forzamiento, castigo físico y ruptura de las formas tradicionales de vida.

Tal vez haya sido ese hecho aleccionador el que transformó los valores de una elite en un paradigma para todos. Los argentinos no somos marrones, ni aun siendo descendientes puros de las tribus originarias. Y toda legislación inclusiva que diluya las diferencias de posición social desata el odio defensivo.

“Civilización y barbarie” es mito porque construye una imagen del mundo y de nosotros que permite luego tergiversar la historia y justificar políticas. Es una división emocional y simbólica que no busca explicar el pasado con rigor. Su meta se limita a justificar la autosegregación del pueblo, a legitimar medidas impiadosas y a ordenarlo de manera tajante.

El actual discurso libertario identifica la “Civilización” con el capitalismo global, el libre mercado, la propiedad privada y la racionalidad económica. La “Barbarie” se asocia al Estado presente que gasta más de lo que tiene. Los planes sociales, la militancia social, los “orcos”, son factores de destrucción económica y responsables del “atraso”.

Al definir un enemigo obstructivo del progreso del país, se legitiman los ajustes fiscales drásticos, el cierre de instituciones y la represión. Las redes sociales premian la irracionalidad, la polarización, el insulto. Quien piensa distinto no es un adversario político con el cual debatir, sino un “bárbaro” al que se debe silenciar, cancelar o extirpar de la sociedad.

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