Más allá de su autoridad, los reyes simbolizaron y aun simbolizan en muchos países, continuidad en el tiempo, identidad y estabilidad. Durante la Edad Media, el Rey era apenas el primero entre nobles; con el tiempo consolidó poder propio para gobernar, cobrar impuestos y sostener ejércitos. En 1688 la Revolución Gloriosa inglesa impuso la supremacía del Parlamento sobre la Corona, proceso continuado por la independencia estadounidense (1776) y la Revolución Francesa (1789).
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En el siglo XIX, dada la caída de Napoleón Bonaparte y la restauración de las monarquías, las repúblicas fueron vistas con desconfianza por las potencias europeas.
En Argentina, Manuel Belgrano propuso al Congreso de Tucumán de 1816, que en ese contexto una monarquía podía dar mayor legitimidad internacional, servir como símbolo de unidad y estabilidad facilitando la unión del territorio evitando guerras internas.
Su propuesta fue establecer una monarquía constitucional encabezada por un descendiente inca. Iniciativa muy moderna para su época al reconocer una legitimidad americana anterior a España. No se trataba de una monarquía absoluta sino de un sistema similar al británico: un rey limitado por las leyes de un congreso.
Contó con el apoyo de figuras como: José de San Martín, Martín Miguel de Güemes y diputados del interior. Pese a ello su propuesta se desmoronó ante la separación del Alto Perú (1825) del antiguo Virreinato del Río de la Plata. La propuesta además era muy resistida y hasta ridiculizada por sectores de Buenos Aires, especialmente comerciantes y elites porteñas, que no querían perder centralidad política, ni cambiar sus prejuicios raciales y culturales entronizando a un rey de piel cobre.
A mediados del siglo XX, Juan Domingo Perón en sus gobiernos se alejó de ser un ocasional ejecutor de las conveniencias del poder burgués internacional, aspirando a la formación de una nación autónoma con un ser nacional, ciudadanos con sentimiento de pertenencia que dieran continuidad en el tiempo, identidad colectiva y estabilidad.
Fueron muchas las acciones soberanas en ese sentido: sustitución de importaciones industriales, nacionalización de servicios y empresas estratégicas, creación del IAPI para regular el comercio exterior, desarrollo de empresas estatales y expansión de la infraestructura energética y de transporte, creación de la CGT de los trabajadores y la CGE que alentó la formación de una burguesía nacional. Expansión de la educación técnica y universitaria, mayor acceso de sectores populares a la educación, el deporte y el turismo social, construcción de viviendas, hospitales, escuelas, policlínicos y campañas de salud pública. En lo internacional definió una Tercera Posición de mayor autonomía económica y política para Argentina respecto a los grandes poderes internacionales de izquierdas y derechas.
Para Perón, el justicialismo que impulsaba era un movimiento nacional antes que un partido político (herramienta electoral). Las vacaciones pagas logradas durante los años del peronismo, posibilitaron mediante el turismo social, que argentinos de todas las clases pudieran descubrir un país hasta entonces desconocido para ellos. El encuentro con la naturaleza en la montaña o en las playas, era fundamentalmente un encuentro de reconocimiento con otros argentinos y con la propia historia.
Fue conveniente para la hegemonía burguesa que el peronismo quedara simplificado en su principal activo político: una fuerza de núcleo sindical identificada con los intereses y aspiraciones de los trabajadores ocupados y desocupados. Este desplazamiento vulgarizó un peronismo parcial del pensamiento doctrinario de Perón, dejando espacio libre para la apropiación cultural y política burguesa. Un partido como el laborista podía aceptarse y asimilarse, pero tal vez, intentar una hegemonía nacional disruptiva y transversal a todos los sectores era un paso demasiado audaz para el imaginario social que habíamos podido conseguir.
Sin duda alguna, Perón fue el intento más claro de construir un país competitivo entre las naciones desarrolladas. En el siglo XXI el kirchnerismo trabajó eficazmente en ese aspecto mediante la reindustrialización con protección del mercado interno y subsidios; el fomento y creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva; la repatriación de científicos; el desarrollo satelital mediante ARSAT e INVAP; obras de infraestructura, rutas, viviendas y energía; recuperación del control estatal de empresas estratégicas (Aerolíneas e YPF las más relevantes); regulación del Estado en economía y servicios públicos; cancelación de la deuda con el FMI; ampliación, desprivatización y mejora del sistema previsional.
A nivel internacional impulsó una política orientada a la integración latinoamericana con el impulso a organismos regionales como UNASUR y CELAC.
Falló el intento de unificar una nueva burguesía nacional ya que la iniciativa fue parasitada por mezquindades y oligopolios. Faltó impulsar una transformación cultural reanudando los avances de Perón. La ya establecida hegemonía mediático-cultural del poder económico globalizado fomentó opuestamente valores y modelos individuales. Los ciudadanos se disgregaron en mayores posibilidades particulares de consumo y esparcimiento.
Lo más próximo al proyecto de ser nacional como fenómeno cultural fueron los festejos del bicentenario.
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Las actuales repúblicas liberales (auto-tituladas democracias) han sido durante más de doscientos años —y lo siguen siendo— un intento fallido de gobernar armónicamente a la sociedad. En verdad nunca fue su objetivo primigenio (ese sí lo lograron).
Desde la propuesta de partidos solo hay lucha de intereses. Los trabajadores y otros sectores sociales podrían activarse y luchar por sus conveniencias sin afectar lo común a todos, pero haría falta que la identidad nacional y el sentimiento de pertenencia, esté resaltado y resguardado.
La investidura de muchos reyes en la actualidad cumplen esa función. Vale considerar también a Fidel o Chavez, a Ho Chi Minh, a Mao Tse-Tung o a Vladimir Lenin como claras referencia de liderazgo y nacionalidad. Es notablemente sospechoso que ninguno de ellos ascendiera a su protagonismo por la “deliberación democrática” propuesta por los Estados liberales.
