“La casa borrada por el viento” es una novela de mi autoría aún en edición. Tiene un relator ficticio, que observa circunstancias ligadas al protagonista, como testigo de su tiempo.
Formalmente consta de veinticuatro relatos o capítulos vinculados que van desde situaciones con algo de real hasta otras completamente imaginarias
Aquí tres capítulos que muestran registros distintos del libro: la crueldad doméstica, la violencia política y la crónica urbana. Los une una misma voz, la de un viento que acompaña, espía y recuerda.
1. "El secreto"
Como todo animalito en este mundo, Hipólito tenía una madre, ¡la pobre!, vieja y muy perdida; doña Herminia le ocasionaba gran molestia. Solía comentar que como ella ya no tenía mucha conciencia de la realidad, no padecía su problema —como lo padecía él— que debía seguir resolviendo la economía y desarrollar su vida social además de atenderla.
Ella iba dejando su olor en cada lugar. En el sillón del living. En la mesa compartida. Sara le limpiaba la boca, le cortaba chiquito la carne, pero a Hipólito todo eso le resultaba insoportable.
Un buen día puso manos a la obra. Había una pequeña tapera, un chaperío destartalado en el patio. Lo desocupó de sifones y botellas sucias y barrió el piso de tierra. En uno de los costados que no hubiera tantas goteras puso una cama turca de elástico y al lado una deteriorada mesita de cocina. No tenía luz eléctrica, pero lo consideró un lugar suficiente para albergar a alguien no pretencioso. Además, contaba con una letrina pared de por medio.
Ese mediodía trasladó a su madre a la tapera. Sara le llevó la comida —porque eso para su marido era tarea de mujeres— y él trabó la puerta con un lazo de alambre.
Ese día pudieron por fin almorzar tranquilos. Hipólito destapó un vino para celebrar la ocasión.
Todo muy bien hasta el atardecer que trajo los gritos de Herminia. Pedía ayuda porque al despertar de la siesta se encontró encerrada. Sara le abrió y su esposo se arrimó furioso vociferando:
—Te advertí hace tiempo que si no mejorabas, iba necesariamente a tener que hacer algo. Bueno, lo hice.
—A partir de hoy tu lugar va a ser esta pieza en la que dormiste. Por la mañana voy a dejarte salir al sol un rato y si querés, mear en la letrina. Después del mediodía —como hicimos hoy— voy a trabar la puerta. A la hora de la cena Sara te va a traer algo. Agua no te va a faltar y tampoco una bacinilla. Más tarde voy a traerte una pila de revistas para que las mires o les des el uso que quieras.
Ella protestó algo ininteligible, puso la mirada fija hacia el suelo y se dejó conducir hasta adentro. Cuando cerraron tampoco se resistió.
Hipólito, esa noche conversando con Sara, pensó en qué pasaría si su madre se le escapaba a la calle. No dijo nada. Al día siguiente atornilló una argolla al lado de la entrada de la tapera y buscó una soga liviana pero resistente. Un viejo collar de su perro muerto completó el kit de seguridad.
Se sintió mejor. Ahora sí Herminia podía caminar por el patio con libertad: aunque en el tobillo, algún tirón de la soga de tanto en tanto le recordaba los límites.
El invierno llegó pronto y tal vez el mes de julio le trajo a la memoria la antigua canción que solía cantar en la procesión de la Virxe do Carme. Desde ese día versos incompletos e inconexos, mezclados con largos quejidos remedaban aquellos cantos. Ocurrió cada mañana y posiblemente no fuera casualidad. La soga le recordaría cuando en esa festividad las amarras sujetaban las embarcaciones engalanadas con flores.
Sobrevolando el lugar, te vi pasar por la vereda de la tapera y no te diste cuenta. El patio podía escudriñarse parcialmente detrás de la cerca de ligustrina. Vos y otros niños pasaban tempranito rumbo a la escuela. Muy interesados estiraban el cuello y enlentecían su paso para tratar de entender qué hacía ella allí, con ese frío y todos adentro de sus casas. Hipólito de tanto en tanto salía a realizar algo y la pispeaba con disimulo para evitar que le pidiera algo.
La vida social ahora tenía ingreso solamente por la entrada principal, en la esquina. Por fin podían no privarse —por vergüenza o malos ratos— de los encuentros y juegos a la canasta con amistades tomando té o licor.
A los más cercanos al matrimonio, los que conocían la situación, les daba lástima la vieja, pero se solidarizaban con ellos. «Cada casa un mundo» era la frase que solía cerrar cualquier insinuación de darle alguna vuelta al tema.
Una noche sin luna, Herminia murió. A la mañana le abrieron y no salió. Estaba tiesa acostada en la cama y no era el frío de la habitación. Hipólito esta vez se arregló solo. La envolvió en las frazadas que ella usaba, mientras Sara llegaba con unos mates y se desayunaba de la situación.
—Por fin Dios se la llevó. Espero que no pase más frío y tenga paz —dijo ella.
—Me dan ganas de tirar abajo esta covacha, pero todavía puede servirme de depósito para los trastos —comentó él.
Esa tarde Hipólito le pidió al basurero que la llevara antes del amanecer y la enterrara en algún rincón del cementerio. A los días buscó al médico para que le diera un certificado de defunción.
Acompañé el inmerecido último viaje de regreso a la tierra. Cuando regresé Sara había limpiado y ordenado la tapera. La soga y el collar quedaron colgados de un clavo.
Hipólito le insistió con que ahora podían hacer el viaje que siempre postergaron. Ir a España, a los lugares de sus ancestros; pero Sara se negó. Solo cedió ante el pedido de su hermana de ir a visitarla a París.
Del viaje solo mostraba una miniatura de la torre Eiffel y comentaba el miedo que le provocó navegar en el Golfo de Vizcaya.
Cuando ella murió, la comida en la heladera se ponía fea, se acumulaba la ropa sucia sobre la cama y el mal olor, ahora era de Hipólito.
No supe nunca si alguien, además de mí, supo de aquella tarde en que el amor de Hipólito por su madre se volvió recelo.
A su entender ella había salido con su esposa y creyéndose solo, aprovechó la situación para su juego secreto. La madre apareció imprevistamente en la habitación para llevarle una ropa y lo encontró semidesnudo con los corpiños y las bombachas de Sara, pintándose los labios frente al espejo del ropero. Ante el escándalo y el reproche de quien más amaba, su secreto ya no tuvo lugar donde existir.
2. "La herramienta"
Se hacía llamar Atlas en alusión a una vieja propaganda que ofrecía un método para ganar fuerza y musculatura.
Le gustaba afeitarse al mediodía en el patio común por donde circulaban sus padres, su hermana y las dos familias vecinas con las que compartía una vivienda chorizo con agregados fatto in casa. Tarareaba algún éxito pasado de moda y con la mano se recorría suavemente la cara recién afeitada, sin dejarse de mirar en el espejo y ensayar perfiles.
Tenía conexiones con la policía y en los servicios de inteligencia. Algunos de ellos eran sus vecinos. Estando aún en la secundaria participó en un grupo de control ideológico y allí conoció el amor de su vida: las armas.
Ahora ya tenía más de veinte años y en el trabajo le habían dado una ametralladora. La mostraba con orgullo a todos los que lo visitaban sacándola de abajo de la cama. Le resultaba especialmente placentero mostrársela a los chicos del barrio.
—Mi herramienta —decía, mientras los chicos abrían los ojos bien grandes, impresionados.
Vos eras uno de esos chicos con los ojos bien abiertos, pero no de deslumbramiento. Más bien incredulidad de que ese arma estuviera allí inesperadamente y cierto miedo sin imágenes aún. Quizá porque esas imágenes iban a ser reales cuando en unos años, pendejos como Atlas te estuvieran apuntando.
Atlas consiguió trabajo en el grupo y allí le contaron que los zurdos estaban infiltrados en todas partes: en las universidades, en las fábricas. Mostraba desprecio y se sentía un soldado defendiendo la patria y, mucho más después de haber jurado cumplir con su deber y su omertá.
El jefe visible era un tipo muy importante. Aparecía en el balcón de la casa de gobierno, en los diarios y en la televisión. Siempre rodeado de personas circunspectas que transmitían respeto con sus trajes y uniformes.
Atlas estaba lejos de toda esa gente importante, era apenas una hormiga obrera, aunque no estuviera tan alejado en sus sueños.
A veces le daba lástima que para llegar a extirpar el mal cayeran justos por pecadores, pero la cruz lo justificaba y lo bendecía a él y a su trabajo con el grupo y le habían adelantado que el futuro se lo iba a agradecer. La misa, la confesión y su trato diario con la iglesia lo ayudaban a fortalecer su determinación.
Una tarde lo pasaron a buscar. Abrió la puerta del auto sintiéndose un poco más cerca de los jefes. Ocupó el asiento con orgullo y enderezó su espalda.
—Hoy vas a tener una prueba de fuego —le dijo el conductor.
—En el bolso que trajiste tenés tu herramienta.
Revisó el bolso: tenía suficientes cargadores. No había posibilidad de olvido.
—¿Vos conocés mucha gente de Villa Luro, no es cierto? Tu ficha dice que de chico viviste cerca de Basualdo y Emilio Castro. Vamos por ahí.
Pasó frente al lugar donde estuvo su vieja casa —y la de tus abuelos— compartiendo patio y baño.
—¡Si me vieran los del barrio!— Ahora allí construyeron un edificio. No vio que siguiera abierto el almacén de la esquina.
—Seguramente conocés al dueño del boliche de los billares de Emilio Castro. Todos los pendejos iban allí a jugar pool y siguen yendo, la puta madre.
—Vamos a parar el auto cerca de la puerta, arriba de la vereda si es necesario. Vos vas a tener la herramienta preparada y la mano en la puerta. Bajás y como lo conoces muy bien a ese hijo de puta, lo rocías bien rociado para asegurarnos que el trabajo quede bien hecho.
Atlas bajó del auto. La ametralladora le colgaba del brazo como una prolongación del cuerpo, los anteojos negros le tapaban media cara, pero el cantinero —delantal, repasador en el hombro y la radio portátil en sus manos— lo miró con sorpresa y lo reconoció.
—¡Finalmente te torciste, Atlas! —No pudo decir más nada. Atlas apretó el gatillo. Su cuerpo cayó sobre la radio, que siguió sonando un instante antes de apagarse. El repasador blanco quedó tirado a un costado del cuerpo, sobre el piso gris. Atlas miró la escena. Después miró la calle y fue hacia el auto.
—Bien —aprobó el conductor, y arrancó.
Esa fue su entrada en el círculo de los confiables. No defraudó a quienes apostaron por él. Fue un gran trabajador —más por vocación que por dinero— y famoso por la impiedad con la que usaba su herramienta.
Pero los tiempos políticos fueron cambiando. Poco a poco algunos periodistas y artistas fueron sensibilizando la opinión pública.
Los organismos de DDHH comenzaron a perseguirlo judicialmente a él y a sus colegas. Faltaba nomás que el nuevo gobierno les diera bola, para que la cosa se complicara para todos.
En una de las reuniones que solían hacer en el Departamento, alguien deslizó el comentario de que los nuevos tiempos exigían sacrificar algunas piezas bravas.
A los pocos días los altos jefes le hicieron saber que confiaban en él porque estaban seguros de su lealtad. Que ahora iba a trabajar por la causa de otro modo. Que les tenían que tirar algún hueso a los zurdos, para que «se entretengan con eso y no se acerquen adonde no deben».
Atlas a esa altura tenía cierto renombre ganado. Aparecía en algunas denuncias en los diarios y estaba listado por los Organismos en varias causas.
Aceptó con orgullo la confianza de los jefes y quedó preso en la cárcel de Ezeiza, condenado a muchos años. De vez en cuando sus altas relaciones lo visitan, le regalan bebidas, cigarrillos y fruta seca.
Lo que más extraña son los fierros.
3. "El taxista"
Era una tardecita fría de agosto del 2011, lloviznaba y para resguardar tus zapatos recién comprados, preferiste tomar un taxi.
—Con el frío y el día tan gris se les ocurre hacernos rendir un parcial de laboral —protestaste entre dientes mientras extendías tu brazo por un techo amarillo.
El conductor sobraba en el asiento, arrojó el cigarrillo sin terminar por la ventanilla y no llegaste a sentarte y a decir adónde ibas cuando te inquirió:
—¿A quién votaste?
Calculaste que no estabas en terreno hostil y con tu mejor cara de póker arrojaste:
—Filmus.
—Parece buen tipo, aunque a mí no me gusta ningún político, hago la mía. ¿Y sabés por qué ganó el otro? Todos se identifican con el chabón porque pese a ser un chanta y medio de plástico, carga una buena billetera.
—Escuchame flaco, ¿toda la gente aquí, a qué vino? ¿Por qué se fue de su provincia o dejó su país y se vino a la Capital? Atendeme bien lo que te digo, porque yo soy porteño pero te lo digo neutral: todo el mundo vino a Buenos Aires a hacer guita y si no la tienen, al menos tratan de seguir al que la tiene a ver si se contagian o ligan algo.
—Nadie vino aquí a hacer patria, para ser maestro de escuela y ganar miseria; la cara de Filmus es para los que se fueron de aquí al interior, no para los que vinieron.
Le respondiste que quizás tenía razón, pero que creías en la gente y que, si bien eso era más fe que razones, pensabas que en algún momento iban a decidir lo mejor para sí y para todos.
—Tu razonamiento me parece un no querer ver lo que pasa —bromeó el tachero.
—Sinceramente flaco, no sé realmente qué me pasaría si fuera yo el que anduviera con penurias. Desde aquí solo se ve resignación, como si cagarse de hambre o no tener techo fuera normal.
—Si yo estuviera entre los que agujerean la manguera para quedarse con el agua de todos, no sentiría ningún riesgo con esta gente. Mientras sigan con lamentos y compitiendo a ver quién la pasa peor, seguro no harían nada peligroso. Y suponer que el que la tiene toda, en algún momento va a ablandar su corazón, es como esperar favores de una estatua, ¡bah! Algunos lo hacen.
Cuando le preguntaste cómo se llamaba te dijo Juan. Ambos rieron ante la obvia relación con la anécdota del intendente de la ciudad sobre Juan y María. Indicó que miraras la licencia y efectivamente, se llamaba Juan y uno de esos apellidos típicos españoles que no viene al caso.
Cuando esa noche saliste de la universidad y caminabas por las veredas húmedas, me pareció que pensabas más en el taxista y sus convencidas opiniones, que en el reciente parcial.
No te incluyo entre los que han venido aquí a buscar plata, y conozco muchos que solo tratan de sobrevivir mejor que en sus lugares de origen; pero tal vez algo de verdad hay en lo que decía.
Te recordé de chico en tu pueblo natal, antes de Internet y del celular, donde la vida campesina iba —quizás para tu suerte— varios años atrás del calendario de la metrópoli. Pensé en tus horas divagadas, sentado en el cordón mirando las estrellas, sintiéndote lejos del mundo.
Capaz que eso puede ser común, que todos han querido venir al lugar encantado donde viven las estrellas, con la esperanza de que su magia dé un renovado brillo a sus futuros tan previsibles de pueblo chico.
Ibas y venías al viejo ropero, tus brazos metidos en la valija buscando cómo acomodar las cosas para que entrara todo lo que querías llevar. La imagen de la boletería de la estación y la expresión del boletero que te preguntó extrañado si esa vez viajabas solo. Debe haber sido la última persona del pueblo que pudo haber notado la testarudez en tus ojos.
Nos preguntamos —en esa estaba incluido— de dónde salía esa fe de que tarde o temprano la vida querrá lo mejor para nosotros y para todos. No encontramos modo de darle alguna consistencia.
Pese a la reciente lluvia que había dejado charcos en la vereda, tus zapatos se mantenían impecables. Miramos varias veces por si descubríamos a Juan en los taxis que pasaban.
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