Trilogía: El cordero, el león y el arquero

 

EL CORDERO

Mi futuro iba a estar en otro lugar, lo sabía desde muy niño, pero me faltaba la edad y la excusa.

Era la década del 50, pero mi pueblo al borde de la llanura pampeana iba no menos de diez años atrás del calendario. Alta Italia tenía algo más de quinientas personas, distribuidas en una veintena de manzanas, con anchas calles de tierra donde el polvillo y los cardos rusos secos girando veloces eran sus formas distintivas.

Mi padre era hijo de la planchadora y del jardinero de la familia de mi madre. La diferencia de clase corrió como un río subterráneo durante toda la relación.

Nací en la cama donde mi padre y mi madre se amaron buscándome. Allí estaban mis abuelas como comadronas y un malhablado médico italiano veterano de la guerra. Nací gracias al coraje de ese doctorazo bruto que empujó la vida pese a la asfixia de un nacimiento excesivamente demorado.

Mi casa era del año mil novecientos. Habitaciones grandes, pisos de madera y de baldosas llenas de arabescos. Un patio enorme, gallinas, tero, gato y un perro atado.

Bajo techo estaba la mayor parte de mis obligaciones: dormir la siesta, hacer los deberes, acostarme temprano. El patio era el lugar de libertad; jugábamos con mi hermano Daniel, cultivaba flores y hortalizas, cuidaba a las aves y preparaba un sistema de canales en la tierra para que la lluvia no inundara donde no debía.

En el club del pueblo, un cartel blanco anunciaba la película del domingo. Solo había un nombre escrito a lápiz: “Las aguas bajan turbias”, “El trueno entre las hojas”, “El bolero de Raquel” y tantas… Si resultaba ser una película prohibida, ante la primera insinuación, mi madre nos levantaba del banco de madera y nos llevaba a casa murmurando “¡Cochinos!”.

Fue difícil hacer amigos. Pese a las dimensiones del pueblo, en casa se temían mucho los posibles peligros de la calle. Nunca llegaron a sospechar que el peligro real estaba al lado de casa. En esa época los abusos no existían. Los culpables éramos los niños. Supe que algo estaba muy mal. Pero no dije nada en casa: temía que mi viejo pudiera malograr su vida por castigar una cosa de la que ya me había librado.

En la escuela, mamá marcaba una difícil diferencia: ella era la directora y yo su hijo, una relación poco favorable para ser incluido en la horizontalidad compinche.

Al llegar a los trece, mi madre anunció su decisión: “¿Qué mejor que un colegio religioso para formarte como persona de bien y de futuro promisorio?”. “Los curas salesianos tienen prestigio educando jóvenes y sabrán hacer las cosas necesarias para hacerte un hombre de bien y de progreso.”

Con ese ímpetu civilizador de mi madre, me dejaron una mañana a más de ciento cincuenta kilómetros de casa. De allí en más, y por un año, mi vida transcurriría enteramente en la manzana del colegio, con el número veintiocho en más de un centenar de pupilos con saco de paño azul, pantalón gris y duros zapatos acordonados. Me quedé lejos de mis padres, del patio y de mi hermano compañero de juegos.

Los corredores gigantes y fríos, los grandes ventanales, las columnas de granito; en el patio empedrado, los árboles comenzaban a perder sus hojas. Hombres medievales paseándose con ropa negra, su libro sudado y su gastada cadena de rezar. El silencio exagerado, las filas para todo. El dormitorio interminable, las camas de metal. Las luces semiapagadas sobre las cabezas como incansables lunas llenas sin nubes ni menguantes.

El hombre con polleras paseándose entre las camas sospechosas, vigilando la amenaza del pecado… con su cara gris cerosa, su voz metálica y el ruido de sus llaves.

Siete horas de clase a la mañana, previa misa y marcha militar. Comer caldo con huesos y papas recocinadas, mientras llegaban obscenamente los aromas de la inalcanzable y apetecible comida de nuestros guardianes. Solo los compañeros adinerados tenían la ventaja de su vianda familiar, que comían sin compartir. Seguían los cortos recreos de la tarde, las horas de estudio, la cena y sus consabidas rodajas de pan duro, y así día tras día.

Antes de conocerlos llegué a fantasear ser uno de ellos, pero después de verlos sonreír y saborear anticipadamente a los tímidos, llevarlos sin disimulo a sus dormitorios, mi mejor vocación fue quemarles todos sus libros en la puerta de la iglesia. Así lo hice ante la mirada contradictoria de mis compañeros. No necesitaba su aprobación. Esta vez la realidad había logrado anular mi deseo de ser parte.

Después de enfermar, estuve un tiempo intermedio con mis abuelos maternos en General Pico. No lo supe aprovechar, me pasé de largo con esas pequeñas primeras libertades que tuve y precipité el retorno al colegio frío y a la enfermedad.

Vino mi tercer año de secundaria y el regreso de la enfermedad, la infección, la parálisis, y ahora serían dos años en reposo, gran parte de ese tiempo en cama.

De todos modos, la pasada por los curas tuvo su lado positivo. Gracias a la queja de los profesores pude finalmente convencer a mi familia de que la maña desde niño de “no querer” ver bien de lejos era miopía.

¡Qué bueno fue ver por primera vez las estrellas en una noche de campo, sin reflejos de luces que interfieran! Ver la Vía Láctea, los satélites, las estrellas fugaces. Me sentía extasiado observándolas sentado en el cordón de la vereda.

Ya casi recuperado de la enfermedad, mi vecino Espinosa, pintor recién llegado al pueblo, era amigo de tocar la guitarra y cantar. Nos juntábamos a tratar de sacar alguna canción y tomar mate. Un poco antes de eso, las gallinas en casa habían puesto huevos y los huevos me pagaron la guitarra. Creí que de ella solo salía folclore.

Nuestro gran momento eran las serenatas y algún baile de campo, siempre recompensadas con bebidas que, por orgullo de mis padres, solo podían disfrutar mis compañeros.

Una noche de festejo, Mingo el placero puso su dentadura postiza en un vaso de vino blanco y nos invitó a tomar de él en honor a la amistad. Pertenecer no era fácil, pero lo hice.

En esos días, cuando ya casi me iba, nació mi hermana. Una rubia alegría inesperada a la que aún le llevo diecisiete años.

El médico dijo: “De ahora en más, vida normal, pero como la de la gente mayor: comer regularmente, no tomar frío, no realizar esfuerzos físicos, dormirse temprano”… y yo con mi pecho hundido… “Su hijo es una empanada sin relleno, señora… ¡Tiene que engordar un poco!”.

No fue muy entusiasmante, pero fue el alta. Finalmente declaraban que ya no estaba enfermo.

El momento llegaba y, como decía Bonavena: “Tenés un mánager, un masajista que te ablanda el cuerpo, recibís consejos hasta del promotor, pero cuando suena la campana te sacan el banquito y te quedás solo”. Sí, enfrentar la soledad con el vértigo en la panza y en la respiración.

A los pocos días, una noche de primavera, me levanté de la cama y fui al bar a comprar cigarrillos. Jockey Club, rojos con letras blancas. Volví, me recosté en la cama y, mirando la luz del velador mientras fumaba mi primer pucho en años, me dije: “Ahora voy a comenzar mi vida”.
Mi futuro iba a estar en otro lugar, lo sabía desde muy niño, pero me faltaba la edad y la excusa.

Era la década del 50, pero mi pueblo al borde de la llanura pampeana iba no menos de diez años atrás del calendario. Alta Italia tenía algo más de quinientas personas, distribuidas en una veintena de manzanas, con anchas calles de tierra donde el polvillo y los cardos rusos secos girando veloces eran sus formas distintivas.

Mi padre era hijo de la planchadora y del jardinero de la familia de mi madre. La diferencia de clase corrió como un río subterráneo durante toda la relación.

Nací en la cama donde mi padre y mi madre se amaron buscándome. Allí estaban mis abuelas como comadronas y un malhablado médico italiano veterano de la guerra. Nací gracias al coraje de ese doctorazo bruto que empujó la vida pese a la asfixia de un nacimiento excesivamente demorado.

Mi casa era del año mil novecientos. Habitaciones grandes, pisos de madera y de baldosas llenas de arabescos. Un patio enorme, gallinas, tero, gato y un perro atado.

Bajo techo estaba la mayor parte de mis obligaciones: dormir la siesta, hacer los deberes, acostarme temprano. El patio era el lugar de libertad; jugábamos con mi hermano Daniel, cultivaba flores y hortalizas, cuidaba a las aves y preparaba un sistema de canales en la tierra para que la lluvia no inundara donde no debía.

En el club del pueblo, un cartel blanco anunciaba la película del domingo. Solo había un nombre escrito a lápiz: “Las aguas bajan turbias”, “El trueno entre las hojas”, “El bolero de Raquel” y tantas… Si resultaba ser una película prohibida, ante la primera insinuación, mi madre nos levantaba del banco de madera y nos llevaba a casa murmurando “¡Cochinos!”.

Fue difícil hacer amigos. Pese a las dimensiones del pueblo, en casa se temían mucho los posibles peligros de la calle. Nunca llegaron a sospechar que el peligro real estaba al lado de casa. En esa época los abusos no existían. Los culpables éramos los niños. Supe que algo estaba muy mal. Pero no dije nada en casa: temía que mi viejo pudiera malograr su vida por castigar una cosa de la que ya me había librado.

En la escuela, mamá marcaba una difícil diferencia: ella era la directora y yo su hijo, una relación poco favorable para ser incluido en la horizontalidad compinche.

Al llegar a los trece, mi madre anunció su decisión: “¿Qué mejor que un colegio religioso para formarte como persona de bien y de futuro promisorio?”. “Los curas salesianos tienen prestigio educando jóvenes y sabrán hacer las cosas necesarias para hacerte un hombre de bien y de progreso.”

Con ese ímpetu civilizador de mi madre, me dejaron una mañana a más de ciento cincuenta kilómetros de casa. De allí en más, y por un año, mi vida transcurriría enteramente en la manzana del colegio, con el número veintiocho en más de un centenar de pupilos con saco de paño azul, pantalón gris y duros zapatos acordonados. Me quedé lejos de mis padres, del patio y de mi hermano compañero de juegos.

Los corredores gigantes y fríos, los grandes ventanales, las columnas de granito; en el patio empedrado, los árboles comenzaban a perder sus hojas. Hombres medievales paseándose con ropa negra, su libro sudado y su gastada cadena de rezar. El silencio exagerado, las filas para todo. El dormitorio interminable, las camas de metal. Las luces semiapagadas sobre las cabezas como incansables lunas llenas sin nubes ni menguantes.

El hombre con polleras paseándose entre las camas sospechosas, vigilando la amenaza del pecado… con su cara gris cerosa, su voz metálica y el ruido de sus llaves.

Siete horas de clase a la mañana, previa misa y marcha militar. Comer caldo con huesos y papas recocinadas, mientras llegaban obscenamente los aromas de la inalcanzable y apetecible comida de nuestros guardianes. Solo los compañeros adinerados tenían la ventaja de su vianda familiar, que comían sin compartir. Seguían los cortos recreos de la tarde, las horas de estudio, la cena y sus consabidas rodajas de pan duro, y así día tras día.

Antes de conocerlos llegué a fantasear ser uno de ellos, pero después de verlos sonreír y saborear anticipadamente a los tímidos, llevarlos sin disimulo a sus dormitorios, mi mejor vocación fue quemarles todos sus libros en la puerta de la iglesia. Así lo hice ante la mirada contradictoria de mis compañeros. No necesitaba su aprobación. Esta vez la realidad había logrado anular mi deseo de ser parte.

Después de enfermar, estuve un tiempo intermedio con mis abuelos maternos en General Pico. No lo supe aprovechar, me pasé de largo con esas pequeñas primeras libertades que tuve y precipité el retorno al colegio frío y a la enfermedad.

Vino mi tercer año de secundaria y el regreso de la enfermedad, la infección, la parálisis, y ahora serían dos años en reposo, gran parte de ese tiempo en cama.

De todos modos, la pasada por los curas tuvo su lado positivo. Gracias a la queja de los profesores pude finalmente convencer a mi familia de que la maña desde niño de “no querer” ver bien de lejos era miopía.

¡Qué bueno fue ver por primera vez las estrellas en una noche de campo, sin reflejos de luces que interfieran! Ver la Vía Láctea, los satélites, las estrellas fugaces. Me sentía extasiado observándolas sentado en el cordón de la vereda.

Ya casi recuperado de la enfermedad, mi vecino Espinosa, pintor recién llegado al pueblo, era amigo de tocar la guitarra y cantar. Nos juntábamos a tratar de sacar alguna canción y tomar mate. Un poco antes de eso, las gallinas en casa habían puesto huevos y los huevos me pagaron la guitarra. Creí que de ella solo salía folclore.

Nuestro gran momento eran las serenatas y algún baile de campo, siempre recompensadas con bebidas que, por orgullo de mis padres, solo podían disfrutar mis compañeros.

Una noche de festejo, Mingo el placero puso su dentadura postiza en un vaso de vino blanco y nos invitó a tomar de él en honor a la amistad. Pertenecer no era fácil, pero lo hice.

En esos días, cuando ya casi me iba, nació mi hermana. Una rubia alegría inesperada a la que aún le llevo diecisiete años.

El médico dijo: “De ahora en más, vida normal, pero como la de la gente mayor: comer regularmente, no tomar frío, no realizar esfuerzos físicos, dormirse temprano”… y yo con mi pecho hundido… “Su hijo es una empanada sin relleno, señora… ¡Tiene que engordar un poco!”.

No fue muy entusiasmante, pero fue el alta. Finalmente declaraban que ya no estaba enfermo.

El momento llegaba y, como decía Bonavena: “Tenés un mánager, un masajista que te ablanda el cuerpo, recibís consejos hasta del promotor, pero cuando suena la campana te sacan el banquito y te quedás solo”. Sí, enfrentar la soledad con el vértigo en la panza y en la respiración.

A los pocos días, una noche de primavera, me levanté de la cama y fui al bar a comprar cigarrillos. Jockey Club, rojos con letras blancas. Volví, me recosté en la cama y, mirando la luz del velador mientras fumaba mi primer pucho en años, me dije: “Ahora voy a comenzar mi vida”.


EL LEÓN

La valija era de cartón y madera. Un traje gris oscuro con rayas más claras, la corbata finita, la camisa de nylon celeste, los zapatos acordonados y el paletó. Los sueños no necesitaban valija: estaban en cada parte de mí, en cada minuto de divague, en mis escritos.

Fui a Santa Rosa, la capital provincial que ya aspiraba a ciudad. Me invitaron a cantar en un grupo de rock para reemplazar al cantante que habían echado por integrar un grupo que decían peligroso, el “Poder Joven”, nombre que particularmente me había llamado la atención cuando lo vi estropeando la pared pulcra del colegio de curas junto a un círculo y un triángulo rojos.

Mi primer trabajo fue ser disc jockey en “Las Brujas”, un boliche de coperas. Una noche, en la ventanilla de la cabina, apareció un rostro desconocido que me dijo: “¡Hola! Yo soy Miguel y mi color es azul…”. Pronto pasó de la ventanilla a acompañarme poniendo discos.

“Tino es color amarillo, Américo color verde, Alejandro color negro, el Chino es marrón, el Peludo color rojo, y también está Luis, pero se fue a estudiar a Buenos Aires.” Uno a uno, los integrantes de ese tal “Poder Joven” me fueron presentados en principio como una curiosa lista de colores.

A fines del año, Miguel me citó a encontrarnos en la laguna que estaba a la orilla de la ciudad. Allí empezaría mi posible integración al grupo, si es que me las aguantaba, según me habían advertido. Ambos parados al rayo del sol del mediodía, me dijo que lo que yo llamaba estar despierto en realidad era estar dormido en fantaseos y, acto seguido, me propuso: “Date una vuelta corriendo alrededor de la laguna y después seguimos conversando”.

La laguna era grande. ¿Me habrá llevado cuarenta minutos? Algo así. Pero cuando llegué al lugar de partida, él ya no estaba. Me fui lleno de dudas a la pensión… ¿Me habrían descartado?

Al tiempo me convocaron a una primera reunión.

Fui a vivir de prestado a la casa de unos amigos. De camino a la casa de uno de ellos, Pinky, iba abollando a patadas de karate todas las chapas de los medidores de luz; llegaba y corría al patio como un loco, tirando sus pantalones y calzoncillos por el aire, frente a los gritos y reproches de su abuela.

Tarde a la noche, revisábamos nuestro trabajo de transformación personal y, en mi caso, además contaba las cuadras caminadas en el día. Si eran menos de cincuenta, salía a dar vueltas a la manzana hasta cumplir con esa cantidad. Era mi método para recuperarme del largo reposo.

Pero mi estadía como huésped tampoco sería eterna. No podía sobrecargar tanto tiempo. Pasé a vivir en la calle, pero a Alta Italia de ningún modo… “Para atrás jamás”, había escrito una tarde en mi cuaderno, y eso significaba: no vuelvo a casa por debilidad, ni le creo a mi cabeza cuando se asuste.

Al poco tiempo, con el grupo, tomamos un colectivo a un pueblo vecino y desde allí seguimos a pie por un camino de tierra, unos diez kilómetros en el monte. Cruzamos un alambrado y nos metimos campo adentro hasta llegar a un rancho de paredes de barro, con molino, un viejo tanque australiano de agua verdosa, unos corrales y algunas vacas pastando.

Dos amigos habían venido de Buenos Aires para colaborar con nuestro entrenamiento. Esa misma tarde nos juntamos al frente del rancho. Uno de ellos dijo: “En esta bolsa vamos a tirar todo lo que no nos va a ser necesario” (allí quedaron mis anteojos). “En la habitación del medio van a dormir los hombrecitos, en aquella de la punta las chicas, y en la cocina nosotros. Por lo tanto, lo primero que vamos a hacer es limpiar un poco y sacar alguna rata muerta que pueda haber.”

Esa misma tarde reemplazamos nuestros nombres por apodos que nos pusimos revelando alguna molesta arista personal, y comenzamos siete días de trabajos para desarrollar nuestra atención y nuestro estado físico, con tanto ejercicio como jamás habíamos hecho en nuestras vidas.

El día que pasamos en ayunas armamos un eneagrama en el suelo, transformando el círculo y cada línea interna en un sendero marcado por piedras. Un auxiliar golpeaba una lata a diferentes velocidades, mientras nosotros, trotando, teníamos que seguir el ritmo, haciendo cuentas descendentes de tres en tres y cuidando de no chocar en los cruces.

El esfuerzo atencional nos hizo perder conciencia del tiempo transcurrido. Después supimos que habían sido dos horas, pero nosotros, a pesar del cansancio, suponíamos no más de quince o veinte minutos. Nos recostamos para relajarnos. Tenía involuntariamente la figura del eneagrama como un circuito de luz en movimiento.

Los instructores eran duros en su rol, pero se notaba la complicidad y el afecto hacia nosotros. Conversamos, preparamos comida con el agua verde estancada del tanque un día sin viento, en que el molino no funcionó, brindamos por todas nuestras debilidades y nos reímos mucho y bien de nuestras ilusiones.

A los pocos días me mudé a Buenos Aires y encontré a Tino (el amarillo). Las picaduras de las chinches que habitaban los colchones de nuestro hotel, cada mañana al despertar, nos dificultaban abrir los ojos durante buena parte del día.

Nos fuimos y alquilamos a un aparente administrador un departamento muy barato en un noveno piso sin ascensor. Nuestros amigos en Santa Rosa, al enterarse de que estábamos establecidos, tardaron muy poco en ir apareciendo y agregarse a la vivienda. Llegamos a ser más de una docena conviviendo allí y, en las noches, mirando la enorme ciudad iluminada.

El edificio estaba en quiebra fraudulenta. Con tantos departamentos vacíos y nosotros amontonados en uno, nos descolgamos por los balcones y rompimos algunas cerraduras. Una vecina denunció que éramos un comando guerrillero y vinieron dieciocho patrulleros. Estuvimos una semana presos. El juez nos sobreseyó. ¡Qué vergüenza si se enteraba mi familia!

En esa época con Alejandro (el Negro) nos veíamos seguido; estudiaba en la cercana ciudad de La Plata. Una noche de charla descubrimos que a ambos nos gustaba Alicia. Ella vivía en La Plata como Ale y tenía diez años más que nosotros. Su onda experimentada nos había cautivado.

Aprovechamos un viaje para ir con ella a un recital de Litto Nebbia y la flaca —con audaz iniciativa— logró ocupar la mesa vecina a nuestro ídolo. Esa noche regresamos solos con Ale, silbando, pisando los adoquines húmedos y resbaladizos. Al rato, en el departamento, y no antes de reproches y burlas, estábamos en otra película.

Estaban pasando muchas cosas y solo llevaba algo más de año y medio fuera de mi casa paterna, con diecinueve años y aún sin novia. Que mis amigos lo supieran me pesaba como la vergüenza de un bonete de burro en un rincón del aula.

La bohemia de Buenos Aires se agrietaba con la violencia de los parapoliciales de López Rega y los Falcon verdes que te interceptaban con sus reflectores de regreso a casa.

En ese tiempo trabajaba con dos amigos del edificio. El verano de 1974 mostró la promesa de buena venta a turistas y nos fuimos a Mar del Plata.

Una noche, cenando en una cantina, vinieron una chica y una pareja que, como era costumbre, ocuparon algunas de las sillas libres en mi mesa. Ya conversábamos cuando, a los pocos minutos, por la entrada se asomó Antonia, una artesana que tenía un puesto de venta cerca del mío, y al verme se vino a la mesa plegándose a la comida y a la charla.

Fuimos todos al departamento cercano de la pareja a tomar mate y continuar la charla más tranquilos. Esa noche me acosté con Antonia. La vida me hacía un hermoso regalo de cumpleaños a los veinte.

La venta se acabó con el fin de la temporada; también el dinero. Regresé a Buenos Aires sin plata, pero sin el peso de mi virginidad. Ya era uno más.

A los días de estar de regreso, y ya casi olvidado de ese hermoso microclima de amistad marplatense, me avisan que en la vereda hay una chica que me busca. Era ella y se quedó a vivir conmigo. Duró seis meses. Le gustaba experimentar con drogas fuertes y a mí no. Cuando se le impusieron, no quise estar más con ella.

Trabajé en la Radio Municipal de Buenos Aires musicalizando un programa periodístico. Unos amigos me invitaron a ir a Estados Unidos a trabajar como músicos, pero la revisión para el servicio militar me lo impidió.

Formé parte de una interminable fila de desnudos que mirábamos sin saber adónde nos llevaban, cargando la ropa y la vergüenza. No había nada aparte de nosotros que pudiera desviar las miradas. Un camino entre fusiles que anticipaban nuestra disolución civil. Por suerte, mi cuerpo no les sirvió y pude terminar esa pesadilla.

Ya exceptuado, ese verano fui a vivir a Chile. Una noche, en la cama, escuchando la radio, en las emisoras de Argentina solo había marchas militares. De pronto una voz marcial anunció el comunicado número uno de la junta de comandantes… habían dado un golpe de Estado.

Me puse a llorar.

Cuando regresé a Argentina me encontré con Luis (el estudiante). Un oasis en un desarmadero donde se hablaba a poco volumen; muchos se habían ido y de otros no se sabía nada. Mi departamento estaba abierto, saqueado y clausurado por el ejército. Las cosas perdidas se habían llevado el dinero para volver a Chile.

Una carta de mamá tirada en el piso, en el medio del ambiente.




EL ARQUERO

Pasaron muchos años de militancia, de exilios, de regresos. Con Alejandro (el Negro) y Luis (el estudiante) seguimos unidos dando fe de nuestras peripecias.

Un día me pregunté: ¿buscando qué me fui de la casa de mis viejos?

¿Un lugar ideal? ¿Un mundo compartido? ¿Una mujer mágica? ¿Una música transformadora? Una utopía que se fue desplazando siguiendo mi vida. A veces luchando hasta el sacrificio para ser parte. A veces separándome de lo que me había desencantado. Cavando pozos y volviéndolos a tapar. Un Sísifo en la planicie.

Esta vez, mis planes necesitaban plata, y necesitaba creer que podía conseguirla de una vez y rápidamente. Manijeado porque el I Ching me había augurado fortuna, compré una pequeña ruleta de plástico y con ella ensayé varios sistemas que aparentaban funcionar muy bien para lograr mi cometido.

Mar del Plata ya no era el mismo lugar, ni yo el mismo. Pinky, allí desde hacía meses, se ufanaba de haber ganado algunos dineros en el Casino.

Una tarde hice una amiga que me acompañó a investigar costos aparentemente más bajos en el casino de la ciudad de Miramar, muy cercana a Mar del Plata. Tenía un plan. Me desvié. En Miramar solo averiguamos que los dos estábamos buscando pareja y regresamos a alquilar un lugar en donde poder estar juntos.

La plata desapareció. El fin de temporada apagó la ciudad balnearia cada día más fría.

En la pareja quedó más competencia que amistad. Lo nuestro había sido una tormenta de verano.

Un viejo croupier me había hecho relativizar mis planes de derrotar al azar: “Una vez me tocó tirar veintinueve veces seguidas colorado”.

Se desvanecieron de una vez la pareja y la definitiva solución económica. Dos quimeras en el tiempo de una.

Pero faltaba… De la habitación del hotel me desaparecieron una valija con poesías y partituras propias, mi documento de identidad y una radio. Nadie vio nada.

Días después, por la noche, golpearon mi puerta dos personas de civil y me hicieron bajar a la calle. Me llamó la atención que el dueño del hotel estaba de espaldas sin querer mirar.

Me subieron a un Falcon en el asiento de adelante y el más morocho y grandote se sentó atrás. Yo no paraba de hablar.

—¿Me detienen porque uso barba? No soy comunista, soy músico y soy pampeano. Vine a probar suerte en las peñas.

Después de decidir entre ellos adónde me llevarían, el pelirrojo dijo: “A la comisaría”. Me sentí aliviado, aunque al llegar me dejaron incomunicado en una celda sin poder avisar a nadie.

Al segundo día me obligaron a firmar la recepción de algunas de las cosas robadas, unos pocos papeles y el documento sin foto. Levantada la incomunicación, me llevaron a la “leonera”, como se conoce a la celda común, porque los detenidos pasean como leones. El resto de los detenidos dijo: “¡Flaco, naciste de nuevo!”. Los que me habían “chupado” eran los encargados de hacer desaparecer gente en Mar del Plata.

Pusieron un alfajor como simbólica torta y un fósforo de velita. Me pidieron que soplara como en un cumpleaños para festejar mi regreso y palmearon mi espalda con afecto. Pronto quedaría en libertad sin cargo alguno.

Al día siguiente, mi empleador se enteró de lo ocurrido porque tuve que justificar mi falta. Le dije la verdad buscando que se solidarizara, pero me despidió. En el hotel, mi habitación había sido alquilada a otros y no tenía más lugar para mí. Tanto mi empleador como el hotelero se justificaron con la máxima del momento: “Algo habrás hecho, no queremos tener problemas”.

Llegaba el verano, la pareja ya era historia y el Casino era de piedra dura; pero esta vez no me fui. Me di cuenta de mis saltos de lugar en lugar, de verano en verano, y me pareció bueno desarmar esa huida con la que cerraba cada fracaso.

Me quedaría hasta que solo un proyecto que no partiera de mi compulsión a cambiar de escenario justificara irme.

En la calle, los gritos de euforia patriótica habían mutado en reproches. Cientos de muchachos habían regresado a escondidas, para que el ánimo futbolero triunfalista no los derrotara más de lo que ya los habían derrotado los ingleses.

Escuché en una reunión que los marplatenses querían hacer sus grupos en Buenos Aires. Pensé que ir por la obra común era la oportunidad.

En Buenos Aires reencontré a un viejo amigo que me prestó un lugar en un conventillo de San Telmo. La habitación era cuadrada, alta y fría. En ella había una guitarra prestada, un calentador eléctrico, una tabla con caballetes como mesa y una colchoneta por cama. Un banco de madera agrietada servía de catre auxiliar para ocasionales huéspedes.

En La Pampa había muerto mi abuelo. Mamá heredó y me facilitó la plata con la que alquilé un departamento. Al poco tiempo conocí a quien sería mi pareja. Ella quedó embarazada y nació mi primer hijo.

Vino de repente, sin planes, sin nada, justo cuando nuestro camino como pareja se bifurcaba. Vino de madrugada, apurado, mientras masticaba nombres sin encontrar el que buscaba. Lo vi y me vi, sucio de sangre y de baba, con cables que le auscultaban en un huevo de plástico bajo las luces fluorescentes de la terapia intensiva.

Una época difícil: sin dinero, y la pareja a la rastra de mi trabajo con los grupos, no funcionaba. Teníamos búsquedas diferentes.

Había aparecido Marta con mucha fuerza, la luchadora que quería a mi lado. Ella, tan soñadora o más que yo pero con sus pies en la tierra —yo, que soy tan colgado—, su responsabilidad maternal, su compañerismo, su cuestionamiento permanente, el par que necesitaba.

Emergió casi sin darme cuenta, justo cuando mi situación iba despintándose como una puesta en escena abandonada.

Tal vez hacía tiempo que me estaba yendo, ¡pero claro!, justo en ese momento tan inoportuno. Me resistí por un tiempo tratando de armar un rompecabezas con la mitad de las piezas de un juego y la otra mitad de otro.

En la organización no iban bien las cosas; el sueño compartido se despintaba. Preferí dar por concluida mi participación. Cerré ese tiempo de aventura con mucho cuidado, como había hecho alguna vez con mi valija de cartón al irme de mi casa.

Poco a poco fui activando los asuntos de supervivencia. Además de un primer hijo, estaba la pequeña hija de Marta y, al poco tiempo, dos hijos en común más pequeños.

Pusimos en marcha la venta de música para que, por fin, tuviéramos que dejar de pedir garantías prestadas para alquilar. Primero fue una precaria venta de grabaciones inéditas en un parque cercano; luego, venta a negocios, y alguna dosis de fortuna me llevó a ser representante de una distribuidora norteamericana.

Tuve suerte, tuvimos suerte, más que suerte: en cuatro años, aun con una parte en deuda por delante, compramos nuestro departamento.

Cuando el siglo se terminaba, le regalé una guitarra a la hija de Marta. A veces el instrumento quedaba libre y así, jugueteando, volví a la música con continuidad. Con mi nuevo compinche Emiliano y amigos armamos Banda Abierta. Tocamos algún tiempo con canciones propias. Era la primera vez que ponía mi cuerpo en el sueño que me había movilizado de pibe. Tal vez le suceda a todos, pero cuando me encontré cara a cara, la pulseada entre lo concreto de la situación y lo irreal que me resultaba me hizo varias zancadillas.

La familia, la casa, la vocación. La dirección apuntada estaba clara y en marcha, pero había quedado alguna cuestión que me obstruía avanzar liviano.

Cuando me fui de mi casa paterna dejé la secundaria sin terminar. Era la herramienta que me habían querido dejar mis padres —y ciertamente no tenerla me complicó lo laboral—. Le pedí a mi hermana que averiguara en el colegio qué me faltaba para terminar y si lo podía hacer. Eran nueve materias, pero lo cursado previamente me habilitaba a rendirlas. Lo hice.

Mamá volvió a hacer de madre cubriendo trámites, dados mis seiscientos kilómetros de distancia. Me preparé con profesores y profesoras particulares y mucha lectura. La falta de práctica muchas veces me dejaba dormido en el sillón, con los apuntes cayéndose de mis manos. Papá me llevó a rendir cada vez y me esperó en el auto, fuera del colegio, a que saliera con el resultado. Aprobada la última materia, fui hasta él y le dije: “Ahora tienen un hijo más con la secundaria terminada, como siempre quisieron”.

Fue una experiencia muy reparadora y la repetiría una y mil veces, si bien la cosa no terminó allí. De regreso a Buenos Aires, en la oscuridad del ómnibus, me dije: ahora que tengo la secundaria hecha estoy habilitado para hacer la carrera que quiera… Me sentí con un cheque en blanco en la mano.

Comencé la carrera de abogacía. Era una buena ocasión para compensar tantos años de militancia en un lugar con nueva información que equilibrara mi cabeza. Ocho años después tuve mi título; fue poco tiempo antes de que mis padres fallecieran. No ejerzo.

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