La realidad no es opinión

 

 “Entró al bar y tuvo la sensación de que todos habían dejado de hablar cuando apareció. Se sentó en una mesa del fondo. Nadie lo miraba, pero estaba seguro de que lo estaban observando”.

Registramos la realidad por medio de sentidos, pero eso que registra nuestra vista, nuestro oído, nuestro tacto, etc, no se presenta aislado en nuestra mente, sino en un contexto particular: según sea el conocimiento y experiencia anterior. Toda representación contiene inevitablemente cierto ruido producido por nuestra historia personal, nuestros prejuicios, deseos y expectativas. 

Claro que el hecho de que construyamos diferentes representaciones no significa que no exista una base concreta que ellas intentan captar.

Distinguir que es hecho y que interpretación u opinión requiere revisar reflexivamente nuestra primera representación de lo ocurrido. Diferenciar el hecho fáctico (entró al bar, se sentó en una mesa del fondo) de aquello que pertenece a la interpretación o elaboración subjetiva (justo dejaron de hablar, lo observaban). 

El problema no son las representaciones particulares; esas son inevitables. El problema aparece cuando confundimos nuestra representación con aquello representado. Si las personas tuviéramos un acceso transparente a la realidad, no habría diferencias de opinión. 

Diferentes percepciones no implican diferentes realidades. Todos tenemos perspectivas propias; por eso es perfectamente normal que dos o más personas no estén de acuerdo, pero no es saludable si concluyen en "esta es mi verdad y vos tenés la tuya”

Que toda percepción de los hechos sea subjetiva no significa que la realidad lo sea o que no puedan existir construcciones con menos nivel de ruido y mayor aproximación. 

Esta distinción no es solamente un problema individual de conocimiento. También tiene consecuencias en la vida social.

La "construcción política de la realidad" podría ser parcial o totalmente falsa, pero sus consecuencias pueden ser reales. Una afirmación inicialmente subjetiva puede convertirse en un hecho social si suficientes personas creen en ella y actúan en consecuencia.

"Este grupo nos amenaza." Aunque la amenaza sea exagerada o inexistente, si miles de personas creen que existe, pueden votar, protestar, excluir, perseguir o tomar medidas contra ese grupo.

El lenguaje es performativo cuando no solo describe la realidad, sino que puede contribuir a crearla o modificarla. 

Se dice que el banco está por quebrar y si miles de personas lo creen y retiran simultáneamente su dinero, la afirmación puede provocar una corrida y causar la quiebra anunciada.

Una afirmación falsa puede producir consecuencias reales sin convertirse por eso en verdad.

Una fake news es un engaño a través de información falsa presentada como verdadera. Puede fabricar un hecho inexistente, deformar uno real, sacar algo de contexto o atribuir causas inventadas.

El ser humano no es pasivo: acepta o rechaza la información en función de sus creencias previas. Por eso, para relativizar el poder de una fake news, no alcanza con analizar su contenido o su difusión; también es necesario considerar el terreno previo que permite que sea aceptada.

Si se educa a la sociedad para que acepte: que no existe una realidad sino versiones; una falsedad puede dominar la opinión pública e imponerse como un producto de consumo más. 

“Hay que escuchar las dos campanas”, “si los dejás hablar todos tienen razón”, “son todos lo mismo”… Estas expresiones pueden convertir el desacuerdo entre opiniones en una supuesta equivalencia entre todas las afirmaciones.

Si una afirmación, más allá de los hechos, está construida de tal manera que nada puede refutarla, no se trata de una opinión susceptible de ser confrontada, sino de una creencia blindada contra toda evidencia contraria.


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