Ya conté alguna vez de don Norberto, el hombre
canoso que miraba abstraído en su mundo a través de la ventana del bar El
Águila, en Santa Rosa.
Siempre encontraba a nuestro grupo de la secundaria
dispuesto a escuchar sus historias. Ese día había terminado su leche caliente
muy azucarada, apoyó el vaso con cuidado y comenzó a hablarnos como de costumbre,
sin anunciar que lo iba a hacer.
—Hubo un reino que no llegó a tener nombre, donde
los habitantes se creían dominados por fuerzas superiores.
No levantó la voz. Nadie en el bar, fuera de
nosotros, parecía prestarle atención mientras miraban la pantalla de un
televisor sin sonido.
—Una tormenta huracanada o una sequía duradera que
arrasaba ganado y cultivos les hacía perder las ganas de continuar. La
adversidad apagaba la luz en sus pensamientos, al punto de avergonzarlos de
proponer la más mínima iniciativa frente a condiciones que consideraban
superiores a su propia fuerza.
Nadie preguntó nada. Miró un segundo hacia la
ventana, pero al notar nuestro interrogante continuó:
—De a poco la apatía los dispuso a dejarse llevar
por el primero que no dudara. Sin importar quién fuera. Solo que se mostrara
firme. Y mientras tanto, a retraerse en lo que quedaba de sus casas, a
lamentarse multiplicando el desánimo, a competir a ver quién sufría más.
Volvió a tomar su vaso y, mientras lo giraba con
los dedos, permanecimos mirándolo sin preguntar nada.
—Especialmente durante las sequías vivían
angustiados, vigilando el cielo con tensión y ansiedad.
—Tal era el temor a caer en un futuro desconocido
lejos de su tierra, que optaron por dar parte de sus bienes a cambio de ser
asegurados por el más sólido de la comarca. La libertad se sentía un lujo
frente al futuro que los asustaba.
—Así las cosas duraron un tiempo, pero cuando
aquella forma aparentemente más garantizada y segura terminó repentinamente
fracasando y defraudándolos, sus espíritus se agitaron.
—Abrieron las ventanas o salieron a la puerta de
sus casas a insultar y culpar indiscriminadamente por su infortunio. Querían un
culpable. Un nombre. Algo que pudiera cargar con la injusticia. Con el sentirse
abusados, traicionados en sus esfuerzos.
—La ira hizo que quemaran los cultivos que habían
"sospechosamente" sobrevivido y colgaran a los agricultores
"responsables".
— No quisieron, o no pudieron, aprender a ordenar
su sociedad por sí mismos.
Quedó callado un instante y agregó:
—Eso trajo la estupidez.
—Encumbraron a algún loco que les pareció diferente,
pero resultó igual de inepto o más. Las acciones autodestructivas desataron los
instintos primitivos.
Don Norberto no parecía enojado. Tampoco triste.
Dijo que solo unos pocos lograron apartarse a tiempo y sobrevivir para contar
la malograda historia del reino sin nombre.
Cuando se fue, ocupamos su mesa. Nos alegró que esa
época quedara en el pasado.
