
Lo apropiado para los ciudadanos era disponer del ocio para dedicarse a la política, la conquista, la filosofía y las artes. El trabajo manual, en cambio, era considerado propio de esclavos, siervos o clases inferiores. Los esclavos, en particular, eran vistos como bestias sin lenguaje que, en el mejor de los casos, alcanzaban la categoría de animales domésticos: un estatus que les garantizaba cierto trato mejor, aunque nunca el acceso a telas de calidad, alimentos y diversiones reservadas a la clase acomodada. Ese celo por reservar ciertos bienes y beneficios a unos pocos persiste hoy, pese al progreso que la humanidad supone haber alcanzado desde su pasado primitivo.
Esa jerarquía entre el ocio y el trabajo manual no era solo una costumbre social: estaba inscripta incluso en el origen de la palabra trabajo, que proviene del latín tripalium, instrumento que se utilizaba para inmovilizar animales o para castigar o torturar personas.
Aunque en términos generales las clases privilegiadas procuraron mantenerse alejadas del trabajo manual, el cristianismo reemplazó para los trabajadores la cualidad de castigo por una visión convenientemente diferente y disuasiva de rebeldías peligrosas. Sin variar sus modos ni su utilidad, el trabajo dejó de tratarse como una actividad indigna o un castigo reservado a los inferiores. Tomás de Aquino sostuvo que el trabajo formaba parte del orden natural y que trabajar para sostener a la familia y contribuir al bien común era considerado por Dios una acción virtuosa.
A lo largo del tiempo esta concepción sirvió para presentar las desigualdades y las penurias laborales como parte del orden natural y divino, favoreciendo actitudes de resignación frente a la pobreza o las duras condiciones de vida. No era arbitrariedad del empleador sino un destino inevitable decidido por Dios.
La concepción cristiana fue reforzada y reinterpretada por la ética protestante, el liberalismo, el socialismo y las ideologías modernas. Para el calvinismo, una vida ordenada, disciplinada y económicamente exitosa era indicio de predestinación divina.
Para el pensamiento liberal: el trabajo asalariado es una forma de trabajo libre, que permite que el progreso individual y social dependa de sus propios méritos.
La puntualidad, la disciplina y el trabajo aplicado se volvieron imprescindibles para la producción. El interés industrial de ese momento convirtió esas conductas en valores y las replicó en la escuela, el ejército y la familia.
En Argentina, la "ley de vagos y mal entretenidos" castigaba no tener empleo. Se consideraba "vago" a quien no trabajaba de manera regular y "mal entretenido" a quien era visto frecuentando juegos, tabernas o actividades consideradas inmorales o peligrosas. La Ley de Conchabo obligaba a los trabajadores a demostrar que estaban empleados. No llevar la papeleta firmada por el patrón los ubicaba como "vagos" y podían ser detenidos y enviados a la frontera a matar "indios".
En EEUU muchos afroamericanos arrestados por delitos menores o por leyes especiales (Black Codes), que criminalizaban conductas como la vagancia o el desempleo, eran encarcelados y luego alquilados a empresas privadas para cualquier tipo de trabajo duro y de elevada mortalidad, proporcionando mano de obra barata y sin necesidad de cuidado para los empresarios.
Karl Marx cuestionó que el trabajo fuera inevitablemente penoso. Las formas concretas del trabajo asalariado y de la explotación eran históricas y podían cambiar.
Para el marxismo clásico, los lúmpenes no eran sinónimo de "pobres", sino de personas situadas fuera de las relaciones normales de trabajo de la sociedad, excluidos de la producción industrial estable, en la cual, según el filósofo, los obreros podían ocupar el lugar del sujeto revolucionario.
En América Latina, autores y movimientos si bien inspirados en el marxismo atendieron a campesinos, desocupados y sectores informales, ampliando el sujeto revolucionario más allá del obrero industrial.
Durante los siglos XIX y XX, muchos Estados promovieron la "cultura del trabajo" asociada al progreso nacional. En Argentina, los trabajadores agrupados en sindicatos constituyeron la fuerza principal del peronismo gobernante, que vinculó el trabajo con la dignidad y la justicia social.
Aquello que en la Antigüedad clásica era considerado una actividad inferior, en las sociedades modernas organiza la identidad, la ciudadanía y el prestigio social.
La aparente paradoja desaparece si se advierte que ambos discursos nunca estuvieron dirigidos al mismo sujeto social.
En épocas recientes las ideas del progresismo socialdemócrata agregaron al concepto de trabajo la posibilidad de protagonismo individual, realización personal y éxito social. Para el asalariado, esos logros están atados a la supervivencia de la empresa para la que trabaja. Cumple un horario y, sea que lo exploten o que la pase aliviado, la venta de su tiempo determina el resultado (el dinero). Lo ampara la garantía de una empresa segura (si aún las hay), pero no tiene dominio alguno sobre la riqueza que genera.
El cuentapropista aplica su tiempo y no tiene por ello un resultado determinado y medianamente seguro, sino posible. Sus horarios son algo más flexibles al no estar totalmente determinados por un empleador; aplica trabajo, tiene dominio sobre los bienes que genera y el resultado (dinero) depende de esa aplicación y de su suerte.
Las ventajas y desventajas de uno y otro caso son discutibles. Lo que no es dudoso es que el asalariado es fundamental para el capitalismo de producción y, de alguna manera, menor también para el de especulación, ya que este último requiere de corredores o agentes para poder ser implementado.
Para el actual orden económico, el asalariado es un mal necesario y, pese a que muchas veces el empleador se autodeclara "dador" de dignidad o se ensalza como "benefactor" por dar empleo, el asalariado es fundamental para su supervivencia. Es su cuerpo, al menos hasta que la innovación tecnológica permita reemplazarlo por completo.
Para quienes ensalzan las bondades de un empleo seguro, el cuentapropista es una suerte de remanente de otra etapa caracterizada por artesanías y oficios que pasaban de generación en generación.
Muchas pequeñas Pymes pueden ser consideradas parte del cuentapropismo, ya que muchas veces son pequeñas cooperativas o SRL que se manejan parecido a una familia, con una mirada colectiva, vocación, permanencia y objetivos compartidos. También son el indicio de que hay vida fuera del capitalismo.
Algunos pensadores de la filosofía política plantean que Marx se equivocó al no darle más crédito que el de lumpen a los pequeños granjeros que producían alimentos, los artesanos, zapateros, carpinteros, constructores, médicos, etc., simplemente porque estaban al margen del despliegue capitalista y de la reacción polarizada de este pensador.
Hoy el polo marginal otrora descartado es creciente, mientras que la clase obrera decrece. Los sectores fuera del juego siguieron sobreviviendo a través de la historia a pesar del dumping, de la industrialización de la salud, de los alimentos, etc. Quizás porque son un sector fuera del interés, porque no dan la ganancia que dan otras actividades puestas al servicio del capital.
Fastidia la monocromía que en general se le atribuye al trabajo. No todos somos o fuimos empleados. En Argentina solo la mitad del plantel de trabajadores activos lo es. El funcionario que mira con los lentes de lo importante que le vende el pensamiento hegemónico no los ve, y al no verlos los excluye. Tuvo que venir una pandemia para visibilizar que en Argentina no había dos o tres millones de cuentapropistas como se suponía, sino que sumaban un número equivalente o mayor al de los asalariados.
Este sector mayoritario está políticamente invisibilizado como lo fueron los obreros hace un siglo. No está reconocida su importancia ni están en condiciones de consideración y negociación. No tienen una representación política que vigorice sus necesidades e inquietudes, no tienen un equivalente a lo que fue Perón para los asalariados, y tampoco el peronismo —en general— parece lo suficientemente abierto y flexible como para cambiar de sujeto histórico y, consecuentemente, su lenguaje.
Ese punto ciego en tantos discursos muestra la falta de contacto de los dirigentes con el mundo real. La retórica romántica no es suficiente. Casi nadie, o muy parcialmente, representa a esa muchedumbre desarticulada y silenciosa que, harta de ninguneo, descarrila la política cuando parece seguir en el mismo riel de siempre.
Un aviso de que los fracasos van a seguir viniendo si se continúa sin ver, cuando no se cubre un espacio vacío en la batalla. No hay nadie que aporte conciencia de grupo y pertenencia: por eso a las islas independientes las adoctrinan quienes parecen jugar a los dados con el universo.