Más allá de su poder, los reyes simbolizaron y aun simbolizan para muchos países, la continuidad en el tiempo, identidad y estabilidad.
Una forma colectiva con funciones equiparables fueron los consejos de ancianos presentes en sociedades tribales y tradicionales de distintas partes del mundo. Sus miembros no eran elegidos mediante votación, adquirían autoridad por edad, conocimiento y trayectoria personal. Esas instituciones proporcionaron: continuidad histórica, legitimidad política y una razón para resolución pacífica de conflictos.
Durante la Edad Media, el Rey era el primus inter pares, es decir el primero y principal de los nobles feudales. Con el paso de los siglos, los reyes fueron consolidando un poder cada vez más independiente de los feudales, tanto para gobernar como para sostener un ejército propio permanente.
En aquellos tiempos, el aumento de la producción agrícola y la expansión del comercio impulsaron el crecimiento de las ciudades con una población dedicada a actividades económicas distintas de la agricultura. Comerciantes, artesanos, banqueros, profesionales, etc no encajaban en la división tradicional medieval de nobleza, clero y campesinos. Constituyeron una nueva clase social, sintetizada como burguesía (por ser habitantes de los burgos, las ciudades).
Su desarrollo llevó a que reclamaran libertad frente al control feudal, seguridad para el comercio, reconocimiento y protección de sus derechos de propiedad, tribunales propios y una estabilidad social que permitiera el comercio. Por ese motivo, inicialmente apoyaron a los reyes en la construcción de Estados centralizados ya que los monarcas reducían la inestabilidad de las disputas feudales.
Dado el aumento del poderío y prestigio de la burguesía, sumado al concepto de soberanía del pueblo ampliamente difundido desde el clero, fundamentó la creación de un sistema de gobierno (repúblicas que desconcentraran el poder del Rey) mediante el cual los burgueses no gobernaran directamente pero pudieran proteger y soltar amarras a sus fortunas. La protección de la propiedad privada y la libertad individual naturalizadas por John Locke, fue la ideología que hegemonizó las políticas occidentales.
La revolución burguesa en Inglaterra a fines del siglo XVII, conocida como la Revolución Gloriosa, fue un proceso político y militar que derrocó al Rey y estableció una monarquía constitucional con la supremacía del Parlamento sobre la Corona. Le siguieron las repúblicas originadas en la Independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa.
En las repúblicas formadas o en formación se reemplazó la primera representación sujeta a mandato por una representación libre donde cada representante elegido actuaba según su criterio. En Argentina, la Asamblea del año XIII, rechazó los pliegos y encarceló a los representantes de la Banda Oriental por no ser representantes libres sino con mandato (las llamadas Instrucciones de Artigas)
La aristocrática democracia griega heredó su nombre a una democracia representativa (sistema representativo liberal). Esta amplió la participación originaria pero la redujo al voto, fomentando y facilitando mayorías desentendidas y apolíticas. Alentó la división partidista convirtiendo la fuerza popular en opinión pública. Generó élites fáciles de manipular, hacia decisiones favorables a los valores e intereses de las minorías.
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En el siglo XIX, dada la caída de Napoleón Bonaparte y la restauración de las monarquías, las repúblicas fueron vistas con desconfianza por las potencias europeas.
En Argentina, Manuel Belgrano propuso al Congreso de Tucumán de 1816, que en ese contexto una monarquía podía dar mayor legitimidad internacional, servir como símbolo de unidad y estabilidad facilitando la unión del territorio evitando guerras internas.
Su propuesta fue establecer una monarquía constitucional encabezada por un descendiente inca. Iniciativa muy moderna para su época al reconocer una legitimidad americana anterior a España. No se trataba de una monarquía absoluta sino de un sistema similar al británico: un rey limitado por las leyes de un congreso.
Belgrano había vivido en España y conocía bien los sistemas monárquicos constitucionales europeos. No veía contradicción entre: independencia, libertad económica moderada y monarquía parlamentaria. Contó con el apoyo de figuras como: José de San Martín, Martín Miguel de Güemes y diputados del interior. Pese a ello su propuesta se desmoronó ante la separación del Alto Perú (1825) del antiguo Virreinato del Río de la Plata. La propuesta además era muy resistida y hasta ridiculizada por sectores de Buenos Aires, especialmente comerciantes y elites porteñas, que no querían perder centralidad política, ni cambiar sus prejuicios raciales y culturales entronizando a un rey de piel cobre.
A mediados del siglo XX, Juan Domingo Perón en sus gobiernos se alejó de ser un ocasional ejecutor de las conveniencias del poder burgués internacional, aspirando a la formación de una nación autónoma con un ser nacional, ciudadanos con sentimiento de pertenencia que dieran continuidad en el tiempo, identidad colectiva y estabilidad.
Fueron muchas las acciones soberanas en ese sentido: sustitución de importaciones industriales, nacionalización de servicios y empresas estratégicas, creación del IAPI para regular el comercio exterior, desarrollo de empresas estatales y expansión de la infraestructura energética y de transporte, creación de la CGT de los trabajadores y la CGE que alentó la formación de una burguesía nacional. Expansión de la educación técnica y universitaria, mayor acceso de sectores populares a la educación, el deporte y el turismo social, construcción de viviendas, hospitales, escuelas, policlínicos y campañas de salud pública. En lo internacional definió una Tercera Posición de mayor autonomía económica y política para Argentina respecto a los grandes poderes internacionales de izquierdas y derechas.
Las vacaciones pagas logradas durante los años del peronismo, posibilitaron mediante el turismo social, que argentinos de todas las clases pudieran descubrir un país hasta entonces desconocido para ellos. El encuentro con la naturaleza en la montaña o en las playas, era fundamentalmente un encuentro de reconocimiento con otros argentinos y con la propia historia.
Para Perón, el justicialismo que impulsaba era un movimiento nacional antes que un partido político (herramienta electoral). Criticaba los partidos tradicionales por representar intereses sectoriales que dividen. En cambio, el movimiento podía integrar distintos sectores sociales hacia un proyecto común que expresara intereses generales de la comunidad organizada, mientras que los partidos seguían con sus disputas electorales, liderazgos transitorios y facciones internas.
Fue conveniente para la hegemonía burguesa que el peronismo quedara simplificado en su principal activo político: una fuerza de núcleo sindical identificada con los intereses y aspiraciones de los trabajadores ocupados y desocupados (en aparente oposición a los intereses y privilegios de las clases aventajadas).
Este desplazamiento vulgarizó un peronismo parcial del pensamiento doctrinario de Perón dejando espacio libre para el desarrollo cultural y político burgués. Un partido como el laborista podía aceptarse y asimilarse, pero tal vez, intentar una hegemonía nacional disruptiva y transversal a todos los sectores era un paso demasiado audaz para el imaginario social que habíamos podido conseguir.
Sin duda alguna, Perón fue el intento más claro de construir un país competitivo entre las naciones desarrolladas. El kirchnerismo trabajó eficazmente en ese aspecto mediante la reindustrialización con protección del mercado interno y subsidios; el fomento y creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva; la repatriación de científicos; el desarrollo satelital mediante ARSAT e INVAP; obras de infraestructura, rutas, viviendas y energía; recuperación del control estatal de empresas estratégicas (Aerolíneas e YPF las más relevantes); regulación del Estado en economía y servicios públicos; cancelación de la deuda con el FMI; ampliación, desprivatización y mejora del sistema previsional.
A nivel internacional impulsó una política orientada a la integración latinoamericana con el impulso a organismos regionales como UNASUR y CELAC.
Falló el intento de unificar una nueva burguesía nacional ya que la iniciativa fue parasitada por mezquindades y oligopolios. Faltó impulsar una transformación cultural reanudando los avances de Perón. La ya establecida hegemonía mediático-cultural del poder económico globalizado fomentó opuestamente valores y modelos individuales. Los ciudadanos se disgregaron en mayores posibilidades individuales de consumo y esparcimiento.
Lo más próximo al proyecto de ser nacional como fenómeno cultural fueron los festejos del bicentenario.
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Las actuales repúblicas liberales (autotituladas democracias) han sido durante más de doscientos años —y lo siguen siendo— un intento fallido de gobernar armónicamente a la sociedad. En verdad, nunca fue su objetivo primigenio, el cual sí ha sido logrado.
Desde la propuesta partidaria solo hay lucha de intereses. Los trabajadores, las clases mejor instaladas, podrían activarse y luchar por sus conveniencias sin afectar lo común a todos, siempre y cuando la identidad nacional y el sentimiento de pertenencia, esté dimensionado y resguardado.
La investidura de muchos reyes en la actualidad cumplen esa función. En esos casos, sería de una gran torpeza tratar de eliminarlos por entenderlos superfluos y un gasto innecesario. La veneración a la Reina de Inglaterra no resulta causa del impulso mediático (aunque ayude) o de una miniserie, sino más bien de una homogénea emoción de nacionalidad.
Vale considerar también a Fidel o Chavez, a Ho Chi Minh, a Mao Tse-Tung o a Vladimir Lenin como claras referencia de liderazgo y nacionalidad. Es notablemente sospechoso que ninguno de ellos ascendiera a su protagonismo por la “deliberación democrática” propuesta en los Estados liberales.
