El tío Baldemar


Una cabeza llena de canas y de ideas es la del tío Baldemar. Esa tarde fui a visitarlo como un día cualquiera, pero me intrigaba descubrir por qué, si en el pueblo estábamos todos tan tranquilos, él siempre estaba inquieto como si supiera de alguna catástrofe que el resto ignorábamos.
Solía sentarse abstraído a contemplar inmóvil cómo las sombras del patio avanzaban hacia el tapial del fondo. Pero podía interrumpir sus largos silencios para hablar como lo hicimos esa vez.
— ¡Otra vez ganaron los conservadores! Cuando todos estamos tan preparados a creer ciertas cosas la realidad no falla.
Caminamos en círculos bajo el olivo que filtraba algo de sol, pero a los minutos nos enfilamos por el pasillo hacia la calle. Lo seguí después de recoger unos nísperos en la entrada.
— Me indigna lo que pasa, pero eso no sirve. ¿Viste que hizo fulano?, ¿escuchaste lo que dijo?... y con eso...
A esa hora de la tarde el sol daba en los vidrios produciendo fugaces encandilamientos. Quizás recién terminaba la siesta, a juzgar por el desplazamiento perezoso de algunos desde las puertas abiertas hasta los árboles de la vereda.
Hace años que está el tío en el pueblo y muchos me llaman el sobrino del rucio y no por mi nombre.
Saboreaba el último níspero cuando me llamó la atención el ladrido de perros en la calle. Estaban abocados a su habitual disputa de jerarquías. Uno de ellos, a la distancia, parecía comandar la escena. Sus esbirros imponían autoridad a otros perros de la cuadra y luego de dar el mensaje intimidatorio de colmillos y gruñidos, fueron hasta el alfa bajando levemente sus ancas para rendir cuenta de subordinación y cumplimiento.
— ¡Qué familiar me resulta esto! El pollerudo holgazán que a esta hora todavía debe estar durmiendo la siesta con su amante... se enojaría si escuchara mi blasfema comparación.
— En este pequeño lugar alejado de donde pasan las cosas, algunos descolgados en lugar de jugar a las bochas y beber con amigos, pensamos… ¡Pensamos!
Mientras, pasamos por la plaza principal rodeada por los edificios de las principales instituciones: la escuela, la municipalidad, la comisaría, la casa del doctor y la iglesia.
Al tío  le gusta caminar por la calle, no por la vereda como está ordenado. Le recriminé que su corazoncito de viejo anarco va a lograr que algún distraído lo lleve por delante. No me contestó, pero señalándose sienes y boca con sus dedos chuecos dijo:
— Siempre cuestiono y eso no me hace estar muy a la moda
— Porque, ¿viste cómo es? Antes te decían "arrepiéntete pecador" y punto. Ahora te dicen "bueno, cada uno tiene  el derecho de tener su verdad"... suena más amable. Y sí, para ellos la tierra es plana…
Cuando quisimos acordar,  el sol había alargado nuestras sombras y por eso, decidimos que era tiempo de tomar unos amargos.
De regreso, puse agua a calentar y me instalé a preparar el mate. Primeriado por mi velocidad, optó por sentarse en su silla favorita de colores vivos y me convidó galletitas.
— Este nuevo triunfo de los conservadores en Latinoamérica —sobrino—  es un eterno deja vu, un eterno día de la marmota, jaja,
Nos quedamos de charla sobre unos arreglos que quería hacer para la entrada del auto y luego volví a casa.
No me quedó una sensación clara sobre el tío, pero seguro no sería el único en el pueblo al que le pasaba. Quizás era eso lo que lo inquietaba: estar solo en algo que no terminaba de entender del todo. Cuando habla disimula cierto temor de que haya un exceso de confianza que nos lleve a un lugar difícil.

 

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