La patrulla del ZX24 lo encontró con la barba desordenada cubriendo su piel negra, dormido sobre el tepuy. Los dos tripulantes sonrieron.
Astron por fin había podido crear vida y verla funcionar sin que fuera un simulacro. Claro que después de seis intensos días de creación había caído rendido, no de cansancio sino de tedio.
— Siempre el mismo error —dijo Zoilen—. Un mundo perfecto y aburrido. Nunca pasa nada fuera de lo esperable y eso hace imposible no dormirse.
Barnek observaba el paisaje: cientos de tepuyes, fabulosas montañas con paredes completamente verticales y metros más abajo, una jungla inmensamente verde e impenetrable que con dificultad intentaba trepar hasta las cimas planas.
— Es realmente difícil aceptar la necesidad de imperfección ante esta belleza
Zoilen asintió.
— Hay tanta belleza viva y sin embargo todo parece estar muerto, paralizado en un estado ideal. Astron hizo todo perfecto pero nada se mueve.
— Es necesario que hagamos algunos ajustes aunque enchastremos la obra original.
Puso tres esferas en la matriz con ajustes: probabilidad de error. Capacidad de contradecir la propia convicción. Plazo de vida que impida que alguien frise un tiempo para siempre.
Astron seguía durmiendo.
—A ver cómo explica luego las desventuras en su perfección —casi que lamentó Zoilen— Vaya a saber cómo interpretará cuando despierte y note lo que hemos hecho. A qué entidad maligna será capaz de responsabilizar.
No estaba muy alejada de la realidad la especulación de Zoilen. Cuando más tarde el barbado despertó, fue dominado por la ira, hizo crecer los mares y persistir las lluvias hasta que todo quedara bajo agua. Finalmente optó por dejar la creación librada a su suerte yéndose hacia otras galaxias.
La patrulla ya se había marchado cuando Astron despertó. Al despegar, conectó con la nave madre. Desde allí Ena advirtió:
—Quedó un elemento residual, pero al momento de la intervención ya no era modificable. Será una esporádica reminiscencia de un pasado que ya no existe. Cuando la vida en ese mundo desarrolle finalmente un sistema nervioso capaz de modificar su naturaleza e incluso abandonarla, mantendrá en un rincón de su cerebro la añoranza de un remoto equilibrio perdido.
Al despegar, la nave recibió el dorado incesante de la estrella central. Los tepuyes se perdían en el verde interminable.
El mundo ideal de Astron había dejado de existir.
El tiempo podía avanzar.
