El último perro



¿Habrá alguien allá en esa bruma naranja del atardecer?

Aunque mire más que nunca el horizonte, la tarde se acelera y el cielo oscuro es la señal para ponerme en pie y girar de regreso a la casa. Estoy demasiado viejo y sé que pese al esfuerzo del implante regulador de funciones vitales, mi vida pronto concluirá, pese a mi piel curtida de tanto sol y a mi rostro áspero de piedra pómez. 

Hace tiempo que los humanos no nacen. Muy poca naturaleza logró conjurar la generalizada devastación. La vegetación se recuperó, y también algunas aves, reptiles, insectos; pero la mayor parte de los animales desapareció con su última generación híbrida. 

Ya hace más de medio siglo que murió el último perro. 

El mundo del poder, que durante años se rigió por la supremacía del más fuerte, ignoró como si no existiera que ser más fuerte no significa ser más inteligente,  más complejo, más sutil. Nada se instrumentó para proteger la fragilidad de la inteligencia, la débil sutileza del sistema nervioso que se elevó trabajosamente durante años desde las raíces más oscuras y primitivas. 

Me quedo inmóvil, apoyado en mi bastón y extasiado con el paisaje. Solo mis manos se mueven dando giros como si pulsaran una consola invisible, hasta que por fin, decido regresar a la casa. 

Mientras camino hacia ella, recuerdo los años de reorganización de recursos que lograron por fin independizar los servicios elementales en cada vivienda rural convirtiéndolas en unidades autosuficientes. El generador de electricidad, el purificador de agua, el reciclador de desperdicios, la pasteurizadora de alimentos indispensable para conservarlos más allá de su ciclo. 

Tantos progresos que hoy me permiten sobrevivir en soledad. Ellos y mi larga memoria que me recuerda de joven con el uniforme de bombero en la difícil tarea de asistir a quienes elegían morir en las calles o en las plazas. Todo ese dolor que aún continúa en la imagen vívida de aquellas madres frustradas apuñalándose el vientre, abrazadas a los sustitutos fabricados en forma masiva con la desesperada intención de alentar la esperanza o de comprar tiempo. 

A pesar de los esfuerzos de la ciencia, de los especialistas en comportamiento y de la fortaleza de algunos, la humanidad fue marchitándose híbrida y muriendo de a miles, de a cientos o de a poco; inexorablemente trastornada y aceleradamente envejecida.

Y todo porque la multinacional había lanzado una semilla que pretendía ser lo mejor para controlar la naturaleza al servicio de las ganancias. Claro que conquistó no solo los campos de quienes la compraron sino que invadió los de aquellos que la rechazaron por instinto o por prudencia. 

Los promotores lo justificaron en las reglas de juego. Si alguien quiere sembrar, debe comprar sus semillas. Las cosechadas solo sirven para harinas o aceites, pero no para nuevas plantas. Una idea terriblemente simple y fácil para un negocio impredecible.

En los primeros años todos celebraban los resultados récord, hasta que comenzaron los efectos colaterales. La compañía siempre negó que eso tuviera relación directa con ellos, pero la preñez en los animales se redujo y los embarazos humanos también. No faltó algún trastornado ambientalista que viera en ello una bendición que venía por fin a proteger la naturaleza del flagelo de la humanidad. 

Pese a estar enfrascado en tantas imágenes me detengo frente a la puerta y como siempre dirijo una mirada de despedida hacia el atardecer. Nunca sé si será el último.

Así las cosas...

Aquí estoy sin Irene y su sonrisa de soles. Éramos dos desde el amanecer a la noche, buscando señales de algún otro. 

Y hoy sigo sin saber si alguien vive en algún lugar, si soy el último, el penúltimo o tal vez… si es así estar muerto. Sin nadie con quien vernos, sin conversar ni acariciar...

Mis manos se mueven en círculos; esta vez sobre una consola real con la que puedo modificar la transparencia y porosidad de las paredes al modo nocturno. La noche ya está encima. 

Me gusta apagar las luces de la habitación para ver mejor las estrellas desde la cama. La brisa filtrada me ayuda a sentir el cuerpo y relajarme, hasta que el sueño me lleva.

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