“Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa
como el hombre […] recursos tiene para todo,
y aun sin recursos, con nada se aventura hacia el futuro
aunque la muerte no haya conseguido evitar” Sófocles
El viento abrió la
ventana con empujones rítmicos y se metió en la casa, golpeó las puertas
durante horas o días hasta destrozarlas. Una vez que logró arrancar el techo,
derribó las paredes y poco a poco, pulverizó cada asomo de materia organizada.
Solo se apiadó de unos pocos ladrillos semienterrados, pequeños huesos
señalando que alguna vez allí alguien construyó un lugar de humanidad.
Hará una eternidad de eso o quizás solo fue recién
que estoy muerto y desde entonces, floto sin voluntad hacia donde el viento o
la brisa más suave me llevan.
Desde el pueblo a las chacras y desde las chacras
al pueblo. Me aquieto en la orilla del mar, sobre la arena, pero al instante
estoy de regreso. Paso por encima de la gente, de los autos, de los techos, me
arrastro en el asfalto, gano altura en el polvo de un remolino, me detengo en
la copa de un árbol o me enrosco en el fondo de un estanque vacío.
Extraño, pero preferiría extinguirme a flotar para
siempre. Extraño al recordarme de niño al borde de la cama, pidiéndole al dios
del viejo mundo que me conceda no morir nunca.
Tal vez esto de estar flotando de aquí para allá y
de tiempo en tiempo, sea solo una recorrida a modo de adiós, un último esfuerzo
para que al fin termine por aburrirme de mí.
¡Tantas veces intentó decírmelo Johana!
— Papá, me fastidia tu lógica. ¿Cómo podés afirmar
tan livianamente que todo va a perder razón de ser porque no vas a estar? ¿La ganó acaso cuando apareciste?
¡Johana tan joven! Su nariz zigzagueante y su
lengua que intenta ayudar haciéndome pensar ante cada naufragio, a considerar
lo aburrido que hubiera sido mi vida si la desventura no me ponía de vez en
cuando en situación de rehacerme.
Así fue y lo fue muchas veces, pero ahora es
distinto. Esta vez no me toca hacer ni rehacer nada. El viento me lleva con
rítmicos empujones y floto sin otra voluntad que su impulso por los agujeros de
un mundo al que —supongo— ya no pertenezco.
El viento me transporta y con la delicadeza de un
arqueólogo me aliviana de pretéritos acumulados, de esperanzas. Todas se
desprenden y salen como piezas de un puzzle que ni bien mostradas se constelan
y giran alejándose.
Los reflejos del sol naranja se apagan detrás de
los médanos. Cualquier oído vivo, en cualquier tiempo, habría escuchado el mar
cercano y cualquier olfato escondido en la nariz más fría, sentiría su olor a
sal y a yodo. Pero no huelo ni escucho porque ya no tengo nariz ni oídos. Y es
poco probable que esté siquiera mirando los lugares por donde floto… quizás
solo sea mi memoria que se desinfla.
