El pozo de hielo


Germán tiene 72 años y es titular de una consultora que asesora a especuladores en inversiones financieras. No ha perdido sus antiguos gustos. De niño, algo en su interior lo hizo ir hacia la montaña por primera vez y lograr el disgusto de toda la familia Rodríguez. Fue esa misma cosquilla la que le hizo repetir sus escalamientos año tras año.

Ahora se le animó al Cajón de Arenales, menos amable que escalar en El Salto o Potrerillos, pero quería demostrarse y demostrar que no está fuera de esos circuitos. 

A sus compañeros los veía por primera vez. Todos tenían aspecto de andinistas experimentados. Jóvenes eso sí, no como él que ya estaba doblando la curva… Con dignidad, pero doblando.

Con el paso del tiempo necesitó darle un ritmo más moderado a su entusiasmo, calentar de a poco la máquina —como decía refiriéndose a su cuerpo—, pero esta vez ese cuidado lo había fastidiado y por eso se puso una meta más difícil.
Sus hijos se fueron a España.

—¿Hace cuánto se fueron? ¿Tres años hizo en marzo? Los entiendo, las cosas en el país se pusieron fuleras para el que no tiene un negocio con trayectoria. La repartija de la plata es cada vez más para los que más tienen y el resto… al resto se les dice que el problema es de ellos.

—Me llaman de España de tanto en tanto para manguearme. Salieron a mí…

Estaba todo blanco, muy frío y blanco. Sus ocasionales compañeros habían andado un trecho a su ritmo, pero ahora le habían sacado ventaja. De uno de sus muchos bolsillos tomó una barra de cereal y se dispuso a alcanzarlos. Casi se perdían en el blanco.

Fortalecido, tuvo no obstante un avance errado hacia la nieve más profunda y eso lo alejaba aún más. En su intento por liberar sus piernas y recuperar el mejor sendero, pisó donde no debía y terminó cayendo por un tobogán hasta el fondo de un pozo helado.

—¡Maldición! —repitió una y otra vez mientras palpaba su cuerpo para ver si todo seguía en su lugar o si se había quebrado algún hueso.

—¡Podría haberme quebrado! ¡Maldición!

Pasado el primer momento se serenó y de a poco pudo amoldar la postura al incómodo sitio. No estaba a más de tres metros del borde, pero era demasiada distancia como para poder salir sin ayuda, y la pared de hielo era demasiado resbaladiza.

—Al final, me vengo a la montaña a pasarla bien y termino en un pozo, como todos los días.

Se quedó quieto. La frase le retumbó en la cabeza. En realidad no estaba tan errada si se trataba de describir cómo se sentía habitualmente.

—Ahora voy a morir aquí, solo… bueno, ¡pucha con la diferencia! Como si hubiera con quién morirme acompañado allá abajo en la ciudad. Y bueh... Acompañado o no, para morir no parece que eso fuera a cambiar mucho las cosas.

—Espero que mis compañeros noten mi ausencia… ¿No se creerán que me arrepentí y me volví a la cabaña? A ver, ¿yo qué les dije? No fui muy claro —como siempre que disimulo para no mostrar mis años—, pero creo que les dije que los acompañaba todo el circuito y no solo hasta esas rocas que veíamos, ¿o les dije lo otro…? La verdad es que no me acuerdo.

—Nunca sé lo que digo. Es que tengo lío para acordarme si dije lo que quería decir, o si dije lo que me convenía que me escucharan decir. Si fue lo último que pensé o lo primero; mi mente es un rompecabezas complicado.

—Y bueno… Germancito, ¡se te acabó la joda! Se te acabaron los problemas. ¿Te acordás ahora de mamá y papá, no? ¡No vayas a la montaña, Germancito, que sos muy chico todavía! Ahora mis hijos ya no me dicen no vayas a la montaña que estás muy grande. No me dan bola.

—A mis clientes de la consultora los conozco bien... todos adictos a esa timba que... sí, sí… ¡La conozco muy bien! ¡Si la habré jugado! Ahora cobro mi asesoramiento y ellos se sienten más seguros.

—Ellos corren de mercado en mercado y yo, y mis socios… ¡Con las piernitas sueltas los miramos trastabillar mientras nos comemos el queso! Piernitas sueltas. Me gustaría ahora tener piernitas capaces de trepar estas paredes de hielo. —¿Te vas a morir, Germancito? ¡A ver si aquí también tu viveza te salva!

—Me tendría que haber ido a Europa con los chicos. ¿Pero y mis clientes? ¿Adónde van a encontrar ellos un abogado que les conozca el alma como yo? Que les ponga pomadita en las carnes rotas… Que con voz de capellán les reparta confianza durante la tormenta.

—La montaña, algún llamado de Europa, alguna fotito de los nietos. ¡Qué final, Germancito! ¡Qué final! ¡Germancito, no vayas a la montaña que sos muy chico!

Un asomo de viento blanco en la montaña y los tres jóvenes andinistas se miraron como sopesando la advertencia. Miraron hacia atrás y no vieron a Germán.

—Recién estaba a pocos metros, ¡hace menos de diez minutos! No creo que se haya quedado en las rocas, el viejo alardeaba, pero subía aunque fuera por orgullo. ¡Volvamos!

* * *

Germán tiene 72 años y el cuerpo aún algo dolorido. Está en arreglos para irse al sur, pero no sabe si llegará hasta allí la furia de alguno de sus asesorados o de los socios que dejó a cargo del fardo de problemas.

—Lo bueno es que ahora en el sur seguirá habiendo montaña y lo principal: un aire renovado para el negocio. Plata no puedo dejar de hacer, es mi oxígeno y lo único que sé dar.

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