Reinstalación


Estoy sentado en la sala de espera del sector reinstalación en el hospital. Detrás de la puerta de traslúcido esmerilado la impresora biónica en 3D está imprimiendo mi nueva cabeza.
En los días previos me realizaron múltiples estudios y análisis para elaborar un programa que pueda lograr una reproducción fiel aunque sin dejar de lado los ajustes y mejoras necesarios después de varios años de funcionamiento.

De más joven, me intranquilizaban los avances de la ciencia. ¿Qué pasaba con el alma o el espíritu si finalmente existían? Me acuerdo que le pregunté a un cura de mi barrio si un pedazo del alma se quedaba en un dedo amputado. Me miró como si estuviera loco.

Lolo está a mi lado con una revista sin leerla. Nos conocemos desde el jardín de infantes y ahora quiso acompañarme en el trámite. Él conserva sus manos originales que por cierto tiemblan un poco al sostener el café.

— En la secundaria —comentó— el profesor de biología nos decía que la ciencia era la nueva religión, que ahora teníamos certezas en lugar de fe. Me acuerdo que levantó un cráneo de plástico y dijo: aquí está todo, no hay nada más.

— Pero es dificilísimo meterse con las creencias sin chocar con alguien. Ni siquiera es fácil para uno, dar un paso por detrás del telón y curiosear sin que aparezcan defensas que quieran dejar las cosas como están.

— Ni siquiera a los pioneros de la ciencia les resultó fácil liberarse. Practicaban nuevas formas de conocimiento, pero persistían en concebir las nuevas respuestas tan absolutas como lo hacían sus predecesores teológicos.

La entrada de otras personas a la sala de espera y en especial los movimientos detrás del esmerilado me distraían un poco de la charla, pero que mi compañero recordara esa historia me ayudó a organizar rápidamente los pensamientos en torno al proceso humano y a encontrar nuevas preguntas.

— Entonces, ¿vos indirectamente me estás diciendo...?

— Digo que la falta de una religión o una ciencia nos hubiera dejado sin rumbo y sin historia. Sin un sistema operativo que organizara.

Tal vez, todavía algo inseguro con la idea de reinstalación concluí:

— Me siento a punto de transitar a un espacio abierto y sin referencias. Sería como estar huérfano en el universo. ¿Podría volverme loco?

Lolo me miró con aire resignado y agregó:

— Siempre hay dos lugares bien diferentes en donde cada cual elige estar.

Mi lugar está claro desde hace mucho. Entre los treinta y cuarenta años fui cambiando de a poco. Un dedo después de un accidente en la carpintería. Luego la cadera. El páncreas cuando dejó de procesar el azúcar. Cada reemplazo venía con su formulario, su período de recuperación.

En un momento el año pasado frente al espejo me di cuenta de que lo único que conservaba de la estructura original de carbono era mi cabeza.

Sentí que estaba infiltrada respecto al resto del cuerpo y por eso me fui interesando en reinstalarla y además me entusiasmó poder incorporar IA que solo se aplica en estas reinstalaciones.

Hay gente que elige distinto. La prima de Lolo tiene setenta años y camina con bastón.

Rechazó las prótesis de columna. Dice que su dolor es suyo, que forma parte de su historia.

Hay quienes prefieren su osamenta de siempre y enfrentar los deterioros. Tienen una fe sólida en la sabiduría de la naturaleza. Otros —quizás siempre más descreídos— optamos por no esperar a que la naturaleza o Dios se dignen a mejorar nuestra endeble situación.

Entre las dos elecciones, no es muy pacífica la convivencia. Los tradicionales nos acusan de sacrílegos y nosotros a ellos de primitivos. El vecino del quinto tiene una calcomanía en el auto que dice "humano y orgulloso".

Los tradicionales también presionan con recursos legales. Mi cuñado, que es abogado, me contó que en Texas acaban de prohibir cualquier modificación que supere el cincuenta por ciento de la estructura ósea o de órganos internos. Lo que estoy terminando de hacer hoy, allí sería imposible.

Las decisiones sobre el propio cuerpo son parte de la intimidad y se conversan solamente en un pequeño círculo de confianza. Por eso llegué hasta hoy indemne salvo el juicio de mi tía Isabel, que enterada me bajó todos los ancestros del cielo para reprocharme.

Una enfermera, acaba de avisarme que soy el próximo.

—En unos minutos lo llamamos.

Ya les pedí que me dejaran las canas y el crecimiento natural del cabello. No quiero perder el placer de seguir yendo a la peluquería del viejo Franco, en el barrio de cuando era niño donde me acompañaban mis abuelos.

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