(Recreado a partir de un cuento popular anónimo)
El asistente les muestra con la seguridad de un
vendedor convencido, una sala inmensa llena de risas, cigarros y whisky. Muchos
amplificadores poderosos y una pared entera de instrumentos y micrófonos.
—Aquí estarán cómodos —dice el guía.
Mientras por curiosidad siguen el recorrido,
escuchan gritos desgarradores que atraviesan una puerta. Adentro: cuerpos
retorciéndose en llamas, cadenas, hierros al rojo vivo. El infierno clásico de las
pinturas medievales.
— ¿Y ellos? —pregunta uno de los rockeros,
genuinamente confundido.
—A ellos les gusta así —responde el guía con
naturalidad.
Los rockstars intercambian miradas. Toda su vida
creyeron que el infierno era un cuento para asustar a los débiles, para
controlar a quien se atreviera a desobedecer. La amenaza de un castigo eterno
que almacena tormentos, que rompe los dientes sanos y perfora las tripas que en
vida lograron mantenerse sanas.
— Quienes van a esa sala siempre
han elegido ver belleza en el dolor... Y sobre todo, han pasado su vida
convenciendo a otros de que eso era así.
El guía los invita a regresar a la sala inicial,
entran y antes de cerrar la puerta les dice:
—Disfruten su estadía, caballeros.