Nadie recuerda exactamente cuándo empezó a llamarse el código. Al principio era apenas una base de datos, una guía práctica, una forma de no equivocarse. Para muchos fue un alivio: consultar antes de hablar, antes de decidir, antes de sentir algo que pudiera traer problemas.
Con el tiempo, se volvió costumbre.
Las respuestas estaban ahí para todo: trabajo, familia, vecinos, celebraciones.
Bastaba escribir una situación y aparecía la conducta correcta. La mayoría aprendió rápido. Otros tardaron un poco más.
En las calles había menos conflictos. En las empresas, menos discusiones. La gente parecía tranquila, ocupada en cumplir.
A los que no consultaban se los notaba enseguida.
Marianito era uno de esos.
Algunos supimos de entrada que iba a tener una vida difícil, pero como era un niño encantador, el personal de vigilancia y la propia vecindad —que suele ser aún más impiadosa si se trata de juzgar a otros— no lo tuvo en la mira.
Si bien tenía mucho en común con cualquier otro chico de su edad, recostado en la sombra, con las rodillas sucias después de un buen partido de fútbol, desenrollaba su fantasía y con ella un mundo que todos sus amigos querían habitar.
Era extraordinario escuchar su razonamiento en situaciones nuevas o frente a problemas poco habituales: imaginaba soluciones simples donde nadie las veía.
Los adultos sonreían con indulgencia. Ya se le va a pasar, decían.
Los adultos sonreían con indulgencia. Ya se le va a pasar, decían.
Con indiferencia a la existencia de Marianito, el código se perfeccionó en pocos años. Las respuestas llegaron antes de las preguntas. Algunos lo llamaron progreso.
Nadie supo de casos donde hubiera consecuencias negativas. Todos recurrían al código convencidos de sus bondades. Se volvió indispensable.
La tranquilidad en las calles alimentó la conformidad pese a ciertos rumores sobre suicidios. Algunos también decían haber oído sobre zonas especiales, lugares donde los que no encajaban seguían vivos pero aislados. Nadie sabía bien. Nadie preguntaba demasiado.
Marianito llegó a los diez años con la suerte de no toparse con mayores medidas disciplinarias, pero a esa edad, y ante la inminencia de iniciar una nueva etapa, el entorno de familiares y vecinos —excepto los demás niños— comenzó a ver su conducta como un problema y, sobre todo, un mal ejemplo.
Lo que antes era gracia se volvió riesgo. Sus padres escucharon consejos, recomendaciones, advertencias. Alguien mencionó el gabinete de socialización como quien nombra una solución inevitable.
Entró solo.
No volvió.
Con los años, su recuerdo se volvió incómodo. El código indicaba cómo proceder en esos casos. Ningún conocido supo más nada. Si los especialistas habían dispuesto un tratamiento más severo, lo habrán comunicado por privado a los padres para que pusieran en marcha la etapa del olvido terapéutico: no preguntar, no insistir, no nombrar.
Yo trabajo en un centro de salud. La creatividad está permitida en dosis mínimas cuando la urgencia lo justifica, y como por suerte no soy un fenómeno de dos cabezas, pienso que eso me facilitó anticuerpos.
Es un mundo difícil, sobre todo cuando tantos caminan convencidos de que las respuestas son propias. Pero no todo es automatismo: hay quienes aún piensan y sienten por sí mismos, y eso un igual lo detecta.
Últimamente escuché comentarios en voz baja. Médicos trasladados hace poco de otra zona han dado a entender que en algunos aislamientos algo se mueve.
No sé si creerlo.
Por supuesto, mi corazón brinca al pensar que quizás Marianito esté en eso.
Inventando respuestas.
La foto es de Rafael Edwards
