Cualquier excusa viene bien con tal de no reconocerse engañado: casi un sinónimo de boludez en estas tierras. Si se recibe algún reproche se va a tratar de descalificar al crítico, cuestión de terminar convencido de que ha sido la mejor decisión, que se ha estado magnífico y hasta de ser necesario, se comprará un botón con la cara del elegido. A porfiado la realidad no le va a ganar y si no cierra va a inventarse otra.
Pero como siempre el tiempo pasa, las realidades se
suceden y hay arrepentidos; a ninguno de ellos escuché justificar su voto con
el engaño. Lo más común fue: “yo lo voté
porque prefería cualquier otro antes que a un peronista", como corresponde luego de haber sido amasado con intensidad y por largo tiempo.
La estrategia de
mostrar lo mal que estamos no parece de mucha ayuda, hay gente que nunca está mal, que tiene resto y acomodo por tiempo indefinido. No parece que esa táctica tenga fuerza suficiente porque siempre es más fácil poner las responsabilidades afuera, en la “pesada herencia" o donde sea. Hay
que buscar meter goles por otro lado y no tratar de volver atrás los en contra. Ya el tiempo -quizás no demasiado tiempo- y ulteriores acontecimientos se
encargarán de propiciar —si importara— una re-lectura que demuestre la falsedad de unas y otras acusaciones.
Ahora bien, mientras esos
acontecimientos aún no precipitan y porque uno no es de palo, arriesgo una ficción. Para quienes conocemos información dura y no sólo opiniones, es evidente
que el estigma creado en relación al peronismo es justamente eso: creado,
artificial. Entonces en lugar de intentar desmentir el eslogan en si y afirmar en la discusión la postura contraria, tal vez y en orden de poder hacer algo, sería
mejor descubrir de qué se agarra ese invento, ¿por qué ese invento funciona con toda la realidad en contra?.
En la antigüedad, los males sociales se curaban con sacrificios; pero bueno, hoy somos mucho más
civilizados y racionales, ¿o no? Sin embargo y compensando algo de esa soberbia científico-civilizatoria,
algunos locos como Lacan han afirmado que un trasfondo irracional es el que en
definitiva termina siendo parte indisoluble del propio pensamiento y de la
realidad que se percibe. Si así fuera, es muy probable que el invento se agarre
de algo ya sedimentado en el inconsciente colectivo nacional.
Es para
investigar si es un camino razonable o no; pero, ¿a cuántos de nuestros
ciudadanos les provocaría pánico imaginar que sus vecinos descubran que en
realidad él, que parece tan europeo y civilizado, en realidad es un negro de
mierda?, que tiene sangre mapuche o alguna de esas vergüenzas en su
cuerpo? Él, que ha logrado instalarse en la Argentina blanca, en
la intimidad de su sueño se sentiría un colado. Por lo pronto hay un destino manifiesto, el posee. Lo que tiene es
garantía de su pertenencia, de merecer el respeto propietario de los demás.
Ser lo que se tiene coincide con
la cosificación propia del capitalismo salvo para los monárquicos de sangre
azul que aún sobreviven en sus castillos que siempre han sabido diferenciarse de la —para ellos— gentuza. Pero bueno,
creada la ilusión de la pertenencia, mejor es que no haya nuevos “tenedores” por
causa de alguna política de justicia social re-distributiva. Bien se sabe en el
capitalismo, que la regla de juego meritocrática nunca será inclusiva. Todo lo
contrario, con esa regla de juego solo llega uno de cada diez o de cada cien según época o conveniencia.
Todo esto es —como seguramente quien
lee supondrá— una ficción que sólo sirve al efecto de señalar un mundo
subterráneo, al que algunos diseños comunicativos saben llegar
porque han comprobado que allí hay una velocidad diferente a la de los razonamientos, la velocidad del miedo. Y saben que los valores
que confirman quien es uno, son los que más se defienden en ese mundo porque
son mucho más fundamentales que la tarifa del gas, de la luz y unos cuantos
cachetazos en los gastos. Ojalá lo inexacto o aventurado de
este escrito sirva a convocar el encuentro de mejores explicaciones. Mientras tanto van a seguir votando al mismo o
alguno parecido con tal de no tener pesadillas. Esas pesadillas que engañan
y comandan desde hace mucho su ser argentino.
Nota del autor: gracias a Rosanna Fiocco por su crítica preliminar.
