De: Claudio claudio@umbral.org
Para: antoja@yahoogroups.com
Asunto: Quiero que me escuche alguien vivo
Fecha: Martes, 19 de mayo de 2009, 10:48 AM
Hola. Mi nombre es Claudio y llevo diecisiete siglos atendiendo en la misma ventanilla.
Sé que resultará raro que me haya metido en su lista
de correo sin permiso. Pero entiendan que también es raro llevar casi dos
milenios viendo pasar las mismas almas confundidas, una y otra vez.
Seré breve y los dejo con sus cosas.
Soy lo que ustedes llamarían un ángel, aunque el
término es generoso. En realidad soy algo más parecido a un funcionario
celestial. Trabajo en el Departamento de Tránsito Espiritual. Mi oficina queda
exactamente en el umbral entre lo que ustedes llaman "vida" y lo que sigue.
El problema empezó hace tiempo.
Verán, el comando de ex-encarnados en el planeta
—seguramente con nostálgico afán protector—
había armado un plan con la finalidad de ayudar el
proceso posterior a la muerte. Pusieron un
personaje en el oriente medio, especialmente preparado.
Al principio los resultados aunque alentadores no fueron muy significativos,
pero algunos siglos después llegaron ellos. Miembros de un imperio en bancarrota, tomaron esa historia y se aprovecharon de la desinformación
general para tergiversarla. Para empezar, le modificaron el nombre, cambiaron su carisma por
veneración y en resumen, lo rehicieron favorable a sus fines. Lograron
consolidar —nadie podría negarlo— una empresa bastante exitosa pese a haber
falseado el propósito original.
La manipulación terminó por desajustar el vínculo de las personas con el más allá de sus vidas, eso que llaman re-ligare o re-ligión. Ellos se encargaron de des-ligarlo y bastante. A partir de allí, todos los alcanzados por su influencia en lugar de morir y pasar a nuevas formas de existencia —que no me está permitido revelar— comenzaron a quedar fascinados consigo mismos detenidos en un bardo intermedio a la espera de señales de salvación tramposamente enseñadas.
Solo unos pocos, especialmente algunos que fueran
en vida incrédulos, perseguidos, quemados o torturados, se avivaron y
esquivaron el desastre; pero en general la mayoría quedó varada.
Desde hace diecisiete siglos, esas almas llegan a mi
mostrador completamente desorientadas. En lugar de pasar al siguiente estadío se
quedan atascadas en la sala de espera, hipnotizadas por sus propias
expectativas. Esperando trompetas doradas, nubes esponjosas y señales de salvación tramposamente inculcadas.
Y esperan. Y esperan.
Yo los veo desde mi ventanilla. Miles. Algunos
llevan ahí siglos.
Al comando en la emergencia, se le ocurrió disponer
a discreción de la reencarnación: un
recurso primitivo pero poderoso. Directamente al ver llenarse el umbral
con desorientados, se les hacía recursar la vida para que tuvieran otra
oportunidad. "Devuélvanlos", ordenaron. "Que intenten de
nuevo."
Y así lo hicimos.
Los resultados no fueron muy alentadores; hay quienes ya reencarnaron más de treinta veces
y repiten los mismos errores cada vez. El lío es que evaporarse no se evaporan.
Como llevan un espíritu inmortal, se la pasan yendo y viniendo de la tierra al
bardo y del bardo a la tierra. Un desastre que congestiona el tránsito
espiritual donde –justamente- urge no molestar la circulación de los demás.
¿Saben lo desalentador que es ver una misma alma regresar treinta veces y que nunca, nunca aprenda?
El Comando intentó otra solución. Enviaron a
alguien más, altamente capacitado. Llegó lejos, muy lejos. Alcanzó la jefatura
de la organización. Pero cuando estaba por revelar la verdad, le prepararon un
té especial y lo mandaron a mi ventanilla antes de tiempo.
Con algunos colegas—Marta del sector asiático,
Ibrahim de África del Norte—hemos llegado a una conclusión inquietante: no puede
ser fortuito equivocarse tanto. Difícilmente existe tanta torpeza espontánea, pero está claro que han construido un engaño
para dejar a todos —literalmente— enterrados.
Lo lograron, hay que admitirlo. Con hogueras y
templos inmensos lograron imponer su incoherencia. Dispusieron un perdón
genérico para dejar libres a los usuarios de volver a equivocarse -involuntaria
o voluntariamente- porque les gustó la equivocación o porque se convirtió en su
estilo.
Parece que para ellos nada se conecta, nada
continua en nada, nada se relaciona con nada… Y nosotros claro, el plan de la
creación nos limita y es razonable. No podemos decir mucho ni intervenir
tanto, terminaríamos por generar idiotas
sin capacidad de articular rumbo alguno.
Algo tienen que poner ustedes para que ese estar donde están y ese
adónde van deje de ser un laberinto.
Me pregunto: ¿cuánto más?
Poco antes de escribirles atendí un alma que llegó
convencida de que decía ser propietaria de un atajo, una suerte de membresía Premium
para el paraíso que había canjeado por una tierritas que tenía. Le expliqué,
con la paciencia de diecisiete siglos, que no funciona así. Me miró confundida
y dijo: "Pero me prometieron..."
La envié de regreso. Era su intento número veintitrés.
Ustedes me parecieron abiertos y necesitaba
desahogarme con alguien que todavía está vivo y puede hacer algo al respecto.
Porque después de mil setecientos años atendiendo el mismo mostrador, viendo el
mismo desastre, uno necesita creer que eventualmente alguien entienda y tenga
voluntad para contarles a otros.
Tal vez sean ustedes.
Ojalá en los próximos tiempos podamos resolver este
atascamiento espiritual y hagamos más gratificante esto de ser ángel.
Aprovecho para saludarlos y los espero en el umbral.
Hasta entonces, Claudio
