Horacio
corría por el bosque detrás de una enorme mariposa que enlenteció su
aleteo y terminó posándose en una rama. Se acercó con cautela de felino; pero a
punto de atraparla, se encontró de pie bajo el marco de la puerta de su dormitorio.
Miró en lo oscuro y apenas
pudo distinguir la silueta de un cuerpo en la cama cubierto con frazadas.
Albita
aún duerme, pensó. ¿Por qué me habré despertado tan temprano? El pasillo hacia
el baño le pareció más largo que de costumbre, teñido con la luz azulina del
amanecer.
¿Es que será más temprano?
Fue
hacia el baño y frente al espejo se detuvo paralizado. No podía creer lo que
veía. ¡Era él! Pero con una apariencia de veinte años menos como mínimo.
Ya estoy en los 49… ¿estaré soñando?
Ya estoy en los 49… ¿estaré soñando?
Insistió
frotándose los ojos como para despejarlos y notó que además, estaba totalmente
desnudo.
Estoy
soñando, sin dudas estoy soñando… ¡Ah claro!, ¡la mariposa…!
Regresó
hacia el dormitorio confundido, el sueño era demasiado real. Trató de
tranquilizarse y volvió a acostarse corriendo las sábanas con cuidado. Se
inclinó suavemente para besar a su esposa pero no pudo. En su lugar estaba él con
la apariencia que tendría que haber visto en el espejo.
Volvió
a levantarse, aunque no había llegado a terminar de acostarse. Fue hacia la
cocina, encendió la hornalla y puso a calentar agua. Estaba desorientado.
¿Estaría siendo parte de algún juego misterioso que alguien había preparado?
Sentado
en la silla, cerró sus ojos un instante. Al abrirlos, no había allí fuego
encendido ni agua calentándose.
No, no estoy soñando.
Definitivamente alucino.
¿Qué comí anoche?
¿Tendrán algo raro las pastillas para la
arritmia que me recetaron?
Algo así debe ser… siento
extraño todo el cuerpo, como si mis límites fueran y vinieran: como una ingobernable
bolsa de agua y no un sólido de carne y hueso. Si, mejor me quedo aquí un rato
tranquilo sentado y espero que el mambo se me pase.
Desde
donde estaba, Horacio podía ver la ventana iluminada por el cielo celeste del
amanecer que estaba más encendido que de costumbre e inundaba todo de un límpido
blanco.
Estaba
abstraído y cuando cayó en cuenta del ruido de la puerta de entrada y de los
pasos de Alba en el living, ella ya había pasado frente a la puerta de la
cocina en busca de algo en su cartera y sin llegar a verlo.
No
atinó a llamarla, esperó que ella retornara a la cocina, pero en cambio escuchó
que caminaba rápido sobre el piso de
madera del dormitorio y a los pocos instantes, llamados, voces mezcladas,
¿llantos?
Quiso
levantarse rápido y ver qué ocurría pero,
pese a la orden los movimientos habituales no salieron. Apenas si pudo avanzar
trabajosamente, como si tuviera que apartar el aire para que su cuerpo pudiera
ocupar ese espacio.
Lentamente
se acercó a la habitación, mientras los sonidos confusos seguían sin permitirle
distinguir alguna palabra que le indicara qué estaba sucediendo. Por fin llegó a la puerta. Dentro
de la habitación, inclinado sobre la cama, su hijo menor intentaba reanimar a
alguien. A su lado, Alba sollozaba.
La
mujer pareció serenarse, tomó al hijo
del hombro y le habló con ternura y firmeza.
— Pablito dejá… tu padre está muerto...
— Pablito dejá… tu padre está muerto...
El
joven se incorporó y abrazó a su madre, quien trató de consolarlo acunándolo con
un suave balanceo. Definitivamente, no era un sueño. El momento por fin había
llegado. De sorpresa, sin ninguna señal, sin ningún aviso. En la cama solo
quedaba una crisálida.
