Varias fuentes del siglo XVI la mencionan. Bernal Díaz del Castillo, en su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” dedica bastante atención a Doña Marina (su nombre de bautismo).
Malintzin nació probablemente en la región de Coatzacoalcos, en una zona de contacto entre pueblos nahuas y mayas. Pese a sus orígenes supuestamente nobles, al morir su padre, su madre volvió a casarse y el padrastro para evitar que lo heredara, la habría entregado a comerciantes. Posteriormente esclavizada a los españoles, terminó vinculada a Hernán Cortés, con quien tuvo un hijo.
Lo acompañó como portavoz e intérprete durante la campaña que culmina con la caída de Tenochtitlan (1521). Posteriormente Cortés le arregla matrimonio con Juan Jaramillo, uno de sus capitanes. Marina se establece con su marido y tiene una hija. Recibe tierras y una posición social acomodada.
De acuerdo a diferentes contextos, existen tres personalizaciones diferentes sobre la misma persona.
La mujer histórica del siglo XVI, cuya existencia y participación en la conquista están documentadas. Su vida relatada por los españoles, adquiere una estructura de cuento de hadas: una mujer de origen noble, caída en desgracia y esclavizada, termina vinculada al poder vencedor, que le devuelve una posición social, tiene hijos y sobrevive.
Malinche la traidora es una interpretación que aparece en un México que acaba de independizarse de España y en su necesidad de construir identidad nacional la convierte en símbolo del indígena que traiciona a su propio pueblo. Una investigación de la UNAM sitúa un punto definitorio en 1826, con la novela Xicoténcatl. Allí se propone una representación de Malinche como amante de Cortés, seductora y facilitadora de la conquista.
En la década del 70, etapa donde México y América Latina viven procesos de afirmación cultural y crítica al colonialismo la “maldición de Malinche” de Gabino Palomares en 1975, es una canción popular del folklore latinoamericano que liga su vida a una conducta compartida culturalmente de subordinación ante lo extranjero y desprecio hacia el propio pueblo.
(…) Se nos quedó el maleficio de brindar al extranjero nuestra fe, nuestra cultura, nuestro pan, nuestro dinero. Y les seguimos cambiando oro por cuentas de vidrio y damos nuestra riqueza por sus espejos con brillo. Hoy en pleno siglo XX nos siguen llegando rubios y les abrimos la casa y los llamamos amigos. Pero si llega cansado un indio de andar la sierra, lo humillamos y lo vemos como extraño por su tierra. Tú, hipócrita que te muestras humilde ante el extranjero pero te vuelves soberbio con tus hermanos del pueblo. Oh, Maldición de Malinche, enfermedad del presente ¿Cuándo dejarás mi tierra cuando harás libre a mi gente?
La canción comienza con un relato de la Conquista y presenta la actitud de Malinche como un problema cultural, de origen social y ajeno a la voluntad: el pueblo ha sido maldecido. “Somos así porque tenemos la maldición de Malinche.”
La traición a una comunidad no siempre es un problema de individuos traidores, puede revelar conflictos estructurales de pertenencia y subordinación al colectivo. Si una sociedad necesita explicar su derrota mediante la figura del traidor, puede estar personalizando un conflicto que tiene causas más profundas.
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En el siglo XIV, Dante Alighieri coloca la traición en el noveno círculo, el más profundo del Infierno. La razón no es simplemente que el traidor haga daño, principalmente viola un vínculo de confianza y pertenencia que sostiene una relación, una comunidad o un orden.
Esta definición es apropiada para distinguir la traición de otras conductas tachadas así inapropiadamente. Competir no es traición. No corresponder con las expectativas de otro depositadas en uno, tampoco.
Para que exista traición tiene que existir una pertenencia. La traición presupone un vínculo de confianza, lealtad o pertenencia previamente reconocido.
En distintas épocas y sociedades la traición a la patria o al Rey fue objeto de castigos ejemplares. La función de estos no consistía solamente en eliminar al culpable, sino en advertir públicamente a los demás. El castigo buscaba producir un efecto disuasivo que excedía la simple eliminación del individuo y se convertía en advertencia.
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Desde el punto de vista personal, la conducta de Malinche puede ser leída como un éxito de estrategia individual. Su recorrido de salvación se multiplica en cuentos de hadas, novelas populares, melodramas y telenovelas.
Cenicienta es un ejemplo claro: la protagonista escapa de las condiciones que producen su subordinación sin transformarlas mediante una oportunidad extraordinaria que la incorpora al orden superior.
Claro que entre Cenicienta y Malinche hay una diferencia: la primera puede escapar de su situación sin que se le reclame nunca traición. En cambio en Malinche su salvación individual adaptándose al vencedor colabora con el debilitamiento y derrota del colectivo de origen.
¿Puede un relato que describe y condena moralmente una conducta, al mismo tiempo, mostrarla como una estrategia individual eficaz?
Lo que un relato pretende no necesariamente coincide con lo que muestra, ni con el efecto político que produce. No hace falta que el relato diga “imitá al traidor”. Basta con que presente su conducta como eficaz para que pueda poner en marcha una determinada mentalidad.
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¿Qué ocurre cuando una cultura produce relatos en los que la salida del individuo está imaginada con mayor claridad que la transformación de las condiciones que afectan al colectivo?
¿Es posible un cambio cultural cuando el sentido común de la época por tener ese modelo no moviliza a transformar las condiciones sino a conseguir escapar de ellas?
No debe entenderse que esta pregunta busque condenar la esperanza de la salida personal “Nuestra situación es mala, pero yo puedo encontrar la oportunidad que me permita salir.” La esperanza individual no es “mala” en sí misma porque no puede entenderse que necesariamente legitima el orden existente.
Esta salida, no quita necesariamente espacio a la esperanza colectiva donde “Nuestra situación es injusta y podemos cambiar las condiciones que la producen.” Ambas esperanzas pueden ser legítimas. Lo políticamente interesante es preguntarse cuál de las dos termina predominando frente a los problemas comunes de la sociedad.
Un relato puede ser profundamente esperanzador para el individuo y, sin embargo, resultar funcional a una estructura opresiva si la única salida imaginable es que algunos individuos logren escapar de ella.
A esto el caso de Malinche le incorpora una variante: no se trata solamente que el individuo escape de una situación adversa, sino que interroga qué sucede con una comunidad cuando los relatos condenan moralmente la traición, pero al mismo tiempo muestran que la adaptación individual al poder puede ser una vía eficaz de supervivencia y ascenso, qué conducta vuelve imaginable y qué alternativas colectivas deja —o no deja— abiertas.
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Retomando a Dante y su definición: “para que exista traición tiene que existir una pertenencia…” ¿Pero qué pasa si lo concreto de esa pertenencia aún es abstracto?
El “Plan de Operaciones” es un documento político atribuido a Mariano Moreno que fue encargado por la Primera Junta en 1810. En ese documento se planifica en términos de revolución: hay un orden viejo que debe desaparecer y un orden nuevo a construir.
Quienes defienden el antiguo orden pueden ser considerados enemigos de la comunidad que la revolución intenta constituir. Una revolución redefine simultáneamente el orden político, las pertenencias y las fronteras entre amigo y enemigo. En ese contexto aparece la lógica de la excepcionalidad.
Por ello en el escrito la violencia debe entenderse no como producto de una pasión, sino como instrumento político que puede resultar necesario para producir un nuevo orden.
El Plan permite leer al enemigo no solamente como un individuo que traiciona, sino como anclajes en la sociedad de una estructura de poder que puede sobrevivir y reproducirse aun después de haber caído formalmente el gobierno colonial.
Los anclajes referidos no son solo los ubicados en el país, también está lo geopolítico. En ese aspecto, el documento propone utilizar la diplomacia estratégicamente, aprovechando las rivalidades entre potencias para ganar tiempo, obtener apoyo y evitar que un poder extranjero intervenga contra la revolución.
Algo queda pendiente: ¿Cómo se cimenta el sujeto político dispuesto a adoptar un vínculo de confianza, lealtad o pertenencia con un futuro a construirse?
La pregunta no es solamente cómo se destruye un orden y se levanta otro, sino qué razones tendría un individuo para comprometerse con ese orden todavía inexistente.
Y aquí la relación directa con Malinche. Cuando ella actuó no existía una unidad política equivalente a la nación mexicana posterior. La “patria mexicana” a la cual traicionar en el sentido que posteriormente se le atribuyó, aun no existía.
Cabe entonces preguntarse si la recuperación de Malinche como “traidora” no proyectó sobre el pasado un sujeto político idealizado, propio de las luchas de ese momento, por encima de las circunstancias reales de la conquista.
Entonces: ¿Cómo se construye una comunidad capaz de hacer que la lealtad colectiva no sea solamente un deber moral, sino también una opción razonable para el individuo?
Para que exista una lealtad colectiva efectiva, además de un proyecto de sociedad tiene que haber una alternativa que haga racional esa lealtad también para el individuo real. El malinchismo no se cambia con discursos y banderas, sino creando posibilidades concretas de una vida mejor, compatible con el proyecto colectivo.
Esto es un problema estructural
