No debo distraerme de mi paso
actual. Las cosas se están poniendo
difíciles para la mayoría de los estudiantes; hoy fui a sacar fotocopias, y el
flaco que atiende, a quien le conozco mujer e hijo, me dice:
—Dentro de un mes tengo que dejar
la habitación del hotel donde estamos y no encuentro otro lugar. En ningún lado
aceptan niños.
Mientras me lo contaba yo pensaba
para mis adentros: ¡qué cabeza de corcho meterse en ese brete antes de
asegurarse una posición!
El mundo lleva mucho tiempo
organizado y ponerse a improvisar por fuera del sentido común y de los caminos
señalados, puede ser peligroso.
También puede haber una
diferencia de fortuna. Personas con la suerte de un solo lado, como Abel, que
fue siempre mi ídolo, y a quien siempre quise parecerme. Mi papá me decía:
—No es suerte lo que tiene él—
¿pero qué otra cosa podía ser?
Su familia hizo como regla
general que nunca le faltara nada, ni quedara sin satisfacer el más mínimo de
sus deseos. A veces al pasar por la vereda lo veía jugar en el patio en su
autito con motor al que por cierto manejaba diestramente.
¡Cómo quisiera yo esa suerte…, o
la mitad! Con mucho menos estarían
satisfechas mis aspiraciones.
Muy pocas veces hable con él, ya
que nuestras rutinas diarias nunca coincidieron
y los colegios o clubes a los que nuestras familias nos mandaron,
tampoco.
Me fascinó escucharlo hace un
tiempo en rueda de café con sus compañeros universitarios.
—Pronto seré abogado; el título
es importante; pero lo fundamental es
estar del lado ganador y comulgar con las ideas liberales que conducen todos
los países en serio.
Al escucharlo con esa certeza y
seguridad nació mi vocación. Tal vez una carrera universitaria fuera un buen
camino para parecerme un poquito. Solo un poquito… porque cualquiera que lo
mire advierte que no se trata solo de
una carrera. Algo hay que lo distingue, un señorío mental inalcanzable.
Finalmente en la universidad, me
sorprendió encontrar personas distintas. Me resultaba penoso ver a compañeros
sufrir por ideologías descabelladas y por lo tanto destinadas al fracaso. Así
se lo dije a Eduardo.
—Te considero alguien
inteligente. No me explico, ¿por qué te dejas enredar por ideas disparatadas e
inaplicables?
Me miró como a un niño y
contestó:
—¿Es que uno debe soñar tonterías
por el solo hecho de poder cumplirlas?
—Para mí no tiene sentido.
Prefiero las utopías vivas a las realidades muertas.
Traté de entender sin lograrlo,
qué es lo que alimentaba esa rebeldía respecto del mundo que cualquiera sabe —hasta yo siempre lo supe—las
cosas han sido y serán como son, no como no son.
Así como piensan algunos, no hay
modo de que en sus vidas vaya bien.
Y en la universidad no digo que
los catedráticos me esperan con los brazos abiertos como a Abel, pero no voy a
ser de esos aunque estudie con fotocopias y no con libros originales. Tampoco
creo que me lluevan ofertas de las oficinas de abogados más prestigiosas, pero
nunca se sabe...
Creo que el esfuerzo personal y
el ponerse en la vista e influencia de
alguien exitoso, puede mejorar la fortuna esquiva. Por qué no podría también yo
cambiar el auto antes de cada verano e ir con alguna belleza hacia algún lugar
cerca del agua a pasar los meses calurosos; claro, no me va a ser posible
ausentarme durante los meses laborales, ni tomarme tiempos sabáticos; es parte
de mi condición y lo acepto.
Si a futuro el curso de mi nueva
vida me hace encontrar con él o con algún antiguo compañero de estudios, será
una ocasión perfecta para tomar algo en lugares que prefiere la gente con
posición y buen gusto.
Ojalá no me encuentre con alguno
de esos prototipos del desatino empeñado en la pelea estéril. Me fastidia solo
imaginar tener que preguntarle cómo está, cómo va su vida o qué hace. Pero,
bueno, debo entenderlo como un costo menor si como contrapartida puedo
mostrarles mi progreso… Porque seguro a esa altura ya habré avanzado bastante…
¿Me reconocerán?
—No es que sea un lugar
maravilloso; el baño es compartido, la cocina y la heladera también y no nos
dejan usar ventilador o estufa, dicen para evitar incendios, pero hasta ahora
fue hogar, y nuestro hijo pasó allí sus primeros tres meses.
Hoy, después de escuchar al flaco
de las fotocopias, pensaba: los números todavía no me dan para alquilar un
departamento. Me piden garantía que no tengo y mi recibo de sueldo tiene una
cifra menor porque una parte me pagan en negro.
Tengo que seguir un tiempo más en
la pensión. Pero tal vez cuando termine de pagar las cuotas de la ropa pueda
planteármelo nuevamente. Sólo espero que para ese entonces no me haya cruzado
antes con un par de zapatos o un celular inaguantable.
No sé cómo hay gente que puede
vivir sin tener aspiraciones de buena presencia y escalar socialmente. ¿Qué
hacen con su cabeza? ¿Qué esperan para colocarse en un mejor lugar? Y con hijos encima, la verdad, es meterse en
una pesadilla injustificable.
Puedo concederle que mi problema es parecido, pero a la vez muy distinto, porque es solo circunstancial. ¡Ya van a verme ascender y ascender sin detenerme ni a saludar! Hay oportunidades, pasa que la mayoría de la gente se deja estar.
No sé qué puede ocurrir si algún día la realidad se les viniera de golpe. No sé qué pasaría con aquellos que aún no se han ubicado en una posición de progreso seguro. A diferencia del flaco, yo tengo todo muy bien planificado y acotado. Eso a mí no me va a pasar.
