Desde la alta Edad Media y hasta la temprana Edad Moderna europea, la sociedad se entiende como un cuerpo y es natural que una cabeza lo gobierne. A la cabeza no la legitiman los votos sino los hechos. Gobierna quien tiene las virtudes y los medios necesarios para unir y conducir, para armonizar las diferencias, para hacer de lo distintivo de cada quién, algo provechoso para todos.
Alrededor del S.XIII, el creciente poder de los burgos presiona a
que los reyes para sostener su posición deban convocarlos en consulta. Los nobles y los miembros
del clero lo hacian personalmente a las convocatorias; pero los
burgos, por su número, deben hacerlo designando representantes sujetos a instrucciones estrictas.
En cien años ese mandato se transforma. En 1791, la Constitución
Francesa consagra la representación libre según las teorías del Conde
Emmanuel-Joseph Sieyès:“Los representantes nombrados en los departamentos no
serán representantes de ese departamento particular, sino de la Nación entera,
y no podrá dársele mandato alguno". Asimismo, desde el ámbito de los negocios que
alimentan la “Revolución Industrial”, se impone la idea de contrato como
condición de acceso y signo de las naciones avanzadas. Los contratos
constitucionales que fundan los nuevos Estados, aspiran dar a estos la misma
estabilidad que los contratos comerciales prometen a los negocios.
Se completa así un poder estatal que garantiza los derechos individuales: la
vida, la propiedad y la libertad, instituciones racionales y previsibles, alejadas
del “peligro” de los liderazgos personales del paradigma antiguo tan sujeto a
la impronta de la relación líder-pueblo.
Iniciada en el mundo la etapa colonial, en Argentina la cultura de los
valores consagrados por los centros de poder, se utiliza para derogar toda
cultura local tachándola de incultura y barbarie. Los liderazgos de nuestras tradiciones sociales se desautorizan como
irracionales o síntomas de inmadurez política. Toda vez que aparecen en escena
se busca eliminarlos como si se tratara de una enfermedad.
Mientras tanto, el poder económico busca imponer personajes mediáticos, manejables
y destruibles a voluntad de las elites económicas. Los alarma la aparición de un auténtico liderazgo
político con arraigo popular capaz de articular una voluntad que pueda afectar
su statu quo. Cierta “aversión” culturizada con la figura del
líder en nombre de una autonomía abstracta y conceptual, muchas veces esconde,
en su buena intención crítica y en definitiva liberal, un desconocimiento cómplice con el poder destituyente de la construcción mediática de
las corporaciones neoliberales.
