El tipo sobraba en el
asiento, arrojó el cigarrillo sin terminar por la ventanilla y no alcancé a
sentarme y a decir adónde iba cuando me inquirió:
— ¿A quién votaste?
Calculé que no estaba en terreno hostil y con
mi mejor cara de póker arrojé:
— Filmus.
— Parece buen tipo,
aunque a mí no me gusta ningún político, hago la mía, pero ¿sabés por qué ganó
el otro? Todos se identifican con el chabón porque pese a ser un chanta y medio
de plástico, carga una buena billetera.
— Escuchame flaco,
¿toda la gente aquí a que vino? ¿Por qué se fue de su provincia o dejó su país
y se vino a la Capital? Atendeme bien lo que te digo, porque yo soy porteño
pero te lo digo neutral: todo el mundo vino a Buenos Aires a hacer guita y si
no la tienen, al menos tratan de congraciarse con el que la tiene a ver si se
contagian o ligan algo.
Nadie vino aquí a
hacer patria, para ser maestro de escuela y ganar miseria, la cara de Filmus es
para los que se fueron de aquí al interior, no para los que vinieron.
Le respondí que
quizás tenía razón, pero que yo creía en la gente y que, si bien eso era más fe
que razones, pensaba que en algún momento iban a decidir lo mejor para sí y
para todos.
— Tu razonamiento me
parece más un no querer ver lo que pasa— Bromeó.
— Sinceramente flaco,
no sé realmente qué me pasaría si fuera yo el que anduviera con penurias. Desde
aquí solo se ve resignación, como si cagarse de hambre o no tener techo, fuera
normal.
— Si yo estuviera
entre los que agujerean la manguera para quedarse con el agua de todos, no
sentiría ningún riesgo con esta gente. Mientras sigan con lamentos y
compitiendo a ver quién la pasa peor, seguro no harían nada peligroso. Y
suponer que el que la tiene toda, en algún momento va a ablandar su corazón, es
como esperar favores de una estatua, ¡bah! Algunos lo hacen.
Le dije mi nombre y
le pregunté cómo se llamaba. Me dijo Juan, ante mi sonrisa y obvia relación con
la anécdota del intendente de la ciudad sobre Juan y María, me indicó que
mirara la licencia y efectivamente, se llamaba Juan y uno de esos apellidos
típicos españoles que ahora no recuerdo.
***
Cuando horas más
tarde, salí de la universidad y caminaba por las veredas húmedas, pensé en el
taxista y sus convencidas opiniones. Si bien no me sentí, ni me siento incluido
entre los que han venido aquí a buscar plata y conozco muchos que solo tratan
de sobrevivir mejor que en sus lugares de origen, siento que algo de verdad hay
en lo que decía.
Me recordé de chico
en mi pueblo natal, antes de Internet y del celular, donde la vida campesina
iba —quizás para nuestra suerte— varios años atrás del calendario de la
metrópoli. Pensé en las horas divagadas bajo las estrellas, sentado en el
cordón, sintiéndome lejos del mundo.
Capaz que eso puede
ser común, que todos hemos venido al lugar encantado en donde viven las
estrellas, con la esperanza de que su magia dé un renovado brillo a nuestro
futuro tan previsible de pueblo chico.
Aún tengo la imagen
de mí yendo y viniendo al viejo ropero, mis brazos metidos en la valija
buscando cómo acomodar las cosas para que entrara todo lo que quería llevar. La
imagen de la boletería de la estación y la expresión del boletero que me
preguntó extrañado si esa vez viajaba solo. Debe haber sido la última persona
del pueblo que pudo haber notado la obnubilación en mis ojos.
Justamente ese
recuerdo viene ahora, porque me pegó eso del taxista respecto a no querer ver
la realidad.
Caminé preguntándome
largo rato —sin éxito— de dónde saqué esa fe en que tarde o temprano la gente
decidirá lo mejor para nosotros y para todos. Tampoco pude encontrar modo de
darle alguna consistencia.
Pese a la reciente
lluvia que había dejado charcos en la vereda, mis zapatos se mantenían
impecables. Miré varias veces por si descubría a Juan en los taxis que pasaban.
Un buen ejemplo de que los porteños no piden permiso para decirte lo que
piensan.