Animalito de Dios


“Los hombres inteligentes quieren aprender,
los demás enseñar” Antón Chéjov

Antes de que Buenos Aires me absorbiera, hizo lo mismo con mi primer amigo allá en la llanura de donde vengo. Él nació defectuoso, sin el pan debajo del brazo con el que nacen todos. Seguramente por eso, en el pueblo creyeron conveniente y justo considerarlo a él mismo como el pan que no trajo. Le llamaron cuerpo de pan.

Se cree que sus padres eran miembros de un circo que visitaba ocasionalmente la zona y que, desencantados, lo abandonaron en el baldío al desarmar la carpa. De ellos nunca más se supo. El circo no volvió por la zona.

Don Antonio, sepulturero que vivía a media cuadra del baldío de los circos, solía pasar por allí. Una noche, de regreso de visitar a la señora con la que noviaba, lo encontró. Y lo crió —¡bah!—, lo alimentó a cambio de sus servicios. Nunca le hizo papeles de identidad porque dada la vida que llevaba los vecinos decían que no los necesitaba. Todos sabían quién era cuerpo de pan y eso era suficiente. Además, ya desde pequeñín se habían encargado muy bien de que a él, más que a nadie, no le quedara la menor duda.

Por la misma razón no necesitó ir a la escuela ni tener novia. Y a él parecía bastarle eso de lustrar los herrajes de la carroza fúnebre y entablillarle las plumas de avestruz quebradas. Eso, y escuchar los partidos y comentarios por la radio todo el domingo desde tempranito. El resto de los días de semana siempre había algún cajón que preparar o algún finado que vestir adecuadamente para que esperara el juicio final, el día en que Jesús regrese a la tierra a resucitar a los muertos.

Cuerpo de pan esperaba estar allí y ayudar a Jesús ya que seguramente no todos los muertos merecieran acompañarlo en la vida eterna y él tendría que reacomodar lo que quedara. A él no le importaba la vida eterna, en todo caso sólo le preocupaba, si es que seguía vivo más de la cuenta, tener suficiente trabajo como para no aburrirse; y en el caso de morir, que no resultara largo ni doloroso.

Todo eso me lo contaba a la hora de la siesta. Teníamos una edad parecida y ninguno de los dos había sido conquistado por esa costumbre —sagrada para algunos— de dormir después del almuerzo. Charlábamos a la sombra de los árboles en la vereda, mientras nadie podía estar lo suficientemente despierto como para ordenarnos volver a las tareas. En mi caso las de la escuela y en el de él, las de la funeraria.

Será por la cercanía de esas charlas, que para mí no era el “animalito de dios” que definían los demás. Será por eso que, aunque por ser chico no terminaba de entender, me daba bronca la sorna con que algunos comentaban su "extraña" amistad con un curita. Las viejas chupa-cirios lo habían traído por un tiempo a la iglesia vacía, esas con las que toda comunidad de bien debe contar.

Pero ni esa situación rara ni la funeraria fueron para siempre. El cura se fue y don Antonio siguió el mismo camino que sus clientes.

Cuando vinieron sus bigotudas hermanas desde un pueblo vecino a hacerse cargo de la herencia, vendieron rápido el negocio y todos sus elementos. Incluido cuerpo de pan.

No le gustó el cambio de mano: su nuevo dueño le gritaba mucho. Buscaba que aumentara la velocidad del trabajo dando golpes rápidos sobre una lata desafinada e insoportable. Fue demasiado. Un buen día nadie supo más nada de él.

Unos borrachos tirados en la esquina frente a las vías porque la curda no les permitió llegar a su casa creyeron verlo al amanecer treparse a un tren de carga. Pero a nadie en el pueblo su ausencia pareció arrancar más que un resignado comentario al pasar.

Era muy común: cuando estábamos disconformes o nos iba mal, nos subíamos al tren hasta donde nos llevara. Generalmente, a Buenos Aires. A trabajar, a protestar o a morirnos de angustia para sobrevivir sin raíces.

Don Antonio solía decir: "a estos dueños de estancia hay que apretarle las pelotas para que larguen más plata, que la gente no tenga necesidad de irse. La tierra trabaja por ellos y estos insaciables cada vez se secan las lágrimas con pañuelos más caros y pagan con billetes más grandes y nuevos". Tenía razón.

Buenos Aires siempre nos atrajo como el calor a las moscas. Porque allí vivían en cuerpo presente los que nosotros escuchábamos en la radio o veíamos en los diarios. Allí estaban los clubes de los que éramos hinchas, los músicos que nos hacían bailar, y hasta el vino que nos emborrachaba venía embotellado de ahí.

De adolescente pensé que alguien había matado a cuerpo de pan y lo había enterrado por ahí para que nadie se enterara. Por lo que llegué a conocer de él, me parece raro que se hubiera ido. Mirándolo, se veía que el mundo le quedaba grande, que nunca podría andar solo por él. Siempre necesitó una mano amistosa que tomara las suyas y lo llevaran por el camino por donde se debía ir, ¿adónde podría llegar solo?

Hoy, cuando veo a quienes viven en la plaza del Congreso, recuerdo mis primeros tiempos en Buenos Aires, y con pena y cariño a cuerpo de pan. Cualquier desprevenido que conversa con quienes viven a la intemperie, en un ocasional compartir el sol en los bancos de la plaza, se lleva la impresión de estar ante un igual y no ante un animalito perdido. 

Y eso mismo era lo que me pasaba al charlar con él. Especialmente me lo recuerda un mendigo que viene al café de Callao y Rivadavia. Asoma la cabeza, espía como disculpándose, y entra. Se nota que no le gustan los lugares bajo techo. Cuando se le responde con más de un lacónico gesto, tuerce la cabeza y dilata los ojos mientras sonríe gratamente sorprendido. Pareciera resultarle increíble que alguien le dirija la palabra.


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